¿Puede este tatuaje ser reversible?

Irreversible y La chica del dragón tatuado son dos de las películas más crudas sobre el daño que sufrimos las mujeres con una violación. La primera inicia con una escena que hizo a muchos levantarse del asiento e irse, cosa que lamentablemente no puede hacer la víctima -eso de levantarse e irse-; la segunda presenta cómo la venganza por un abuso inicial puede convertirse en una de las experiencias más atroces; ambas nos muestran la irreversibilidad y el tatuaje que le quedan en la psique y en el alma a una mujer que vive algo así.

Rabia, frustración, perplejidad y un rencor indescriptibles no creo que sean suficientes para calificar ese tipo de experiencias. La dimensión del problema no tiene proporciones claras, solo sé que en general, nos limitamos a deplorar al violador, a juzgarlo como un ser detestable, sin derecho a misericordia. Pero ¿alguna vez nos hemos detenido a pensar qué experiencias previas llevan a un hombre a ese tipo de perversiones? ¿Nos hemos preguntado cuál es la responsabilidad que tenemos como sociedad frente a estas atrocidades?

Nuestra primera reacción es una total negación a tener que ver con algo así, es considerar que ese grave problema lo tienen otros y que, gracias a Dios, no hemos tenido que vivir situaciones por el estilo.tatuaje

Recuerdo que hace años yo afirmaba, con ingenuidad, que si me tuviera que enfrentar a un violador, primero me mataba, pero no le permitiría que me pusiera un dedo encima. En una oportunidad, un ladrón de poca monta intentó tocarme y desarrollé una fuerza única que me permitió zafarme; sin embargo, hoy no sé si pudiera enfrentar a un violador de verdad.

Las mujeres violadas no hablan del tema, los violadores están tan encubiertos que es muy difícil detectarlos a tiempo y, como sociedad, estamos tan ciegos que parece que nadie hace algo concreto por prevenir tanta violencia.

Hay muy pocos estudios serios sobre este respecto, pero Prescott (neurosicólogo) afirma que la violencia y el placer son opuestos y excluyentes, es decir, que alguien que participa de un acto violento, no se conecta con el placer y viceversa. Según este experto, un hombre que no recibió afecto físico en su infancia está en un riesgo más significativo de ser un violador que aquel cuyos padres fueron afectuosos. Otras investigaciones coinciden en que la infancia es crucial para ser o no un perpetrador sexual.

Sabemos que es uno de los delitos más juzgados, de hecho, cuando uno de estos hombres entra en la cárcel tiene sus días contados a manos de los propios delincuentes, quienes no perdonan la vida a los violadores y no tienen misericordia cuando además se trata de niñas.

Las mujeres no somos culpables ni incitamos al violador, pero nuestra mujerabilidad puede hacer mucho por reducir el índice de violadores a nuestro alrededor. Si el placer es el opuesto a la violencia, entonces permitamos a nuestros hombres (niños y adultos) reír, llorar, ¡emocionarse! Que sean seres humanos seguros, sin complejos; porque si las investigaciones tienen razón y no hay un perfil específico para este tipo de enfermedad, todos tenemos responsabilidad en desmontar este dolor colectivo y muchas veces silente que nos separa de la paz y armonía que deseamos para nuestra convivencia en esta tierra.



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