¡Qué bello!

¡Qué bello!

Cuando hablamos de los cinco sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto, todo el mundo está de acuerdo que el más importante es la vista, la que percibe la luz y el movimiento, a través de las ondas electromagnéticas que nos llegan de nuestro alrededor. En otros animales hay sentidos más importantes, como el olfato en los perros. Pero para nosotros, los humanos, lo que nos dicen los ojos es lo más importante: ver para creer. Hoy sabemos que es un sentido engañoso y que no todo lo que vemos es cierto y vemos solo una pequeña parte de la realidad.

Lo primero que quiero destacar es que en la visión hay por lo menos cuatro procesos separados. Utilizando la bella imagen de la Capilla Sistina que ilustra este artículo, podemos decir que primero hay un proceso por el cual el ojo percibe una serie de colores y líneas y los transmite al cerebro, sin tener idea de qué es eso. En éste, se componen esas señales en una imagen, todavía sin saber qué es. Finalmente el cerebro entiende que es una pintura en la que hay personas, nubes, cielo, una barca, etc.; que algunas están más alejadas (no que son más pequeñas), que hay un personaje más importante en el centro, al que todos miran con respeto, etc. En fin, la interpretación de lo que vemos.

Hoy escribiremos solamente de la percepción de la luz. En la antigüedad había dos escuelas de pensamiento, en la primera se postulaba que del ojo se emanaban unos rayos que “tocaban” las cosas y así era que veíamos. Otros no menos ilustres postulaban lo contrario, que rayos invisibles salían de las cosas y entraban a los ojos. Hoy sabemos que la segunda es la correcta y que esos rayos invisibles que salen de las cosas no es más que luz, energía electro-magnética proveniente del Sol, que rebota de las cosas y termina en nuestros ojos.

Como sabemos, el Sol emite toda clase de ondas electromagnéticas pero nosotros percibimos sólo una parte pequeña de esas ondas. Ase pedacito lo llamamos LUZ y comprende el grupo de frecuencias que va desde los 430 THz hasta los 750 THz (recordemos que la luz vibra como una cuerda de guitarra y esas frecuencias de las que hablamos serían las velocidades con que la “cuerda” vibra).

Eye anatomy - Cross section view

Dentro de los ojos tenemos, primero que nada la córnea, la superficie transparente del ojo. Luego está la pupila que tiene una abertura regulable que sirve para controlar la cantidad de luz que entra al ojo, se abre cuando hay poca luz y se cierra cuando hay mucha. A continuación viene el cristalino, que es un lente que enfoca la luz hacia el fondo del ojo, donde se halla la retina. Es en esta última donde ocurre efectivamente la percepción de la luz a través de una serie de células especiales, entre las que destacamos los conos, los bastones y las células ganglionales.

Hay tres tipos de conos, llamados azules, verdes y rojos, por su sensibilidad a dichos colores. Así pues si un rayo de luz con la frecuencia del color azul cae en la retina, los conos azules emiten una fuerte señal que es recogida por las paredes externas de la retina y enviada a través del nervio óptico al cerebro. Sin embargo, los otros dos tipos de conos también envían señales, pero más débiles. De forma similar ocurre si un rayo de luz roja incide sobre el ojo: los conos rojos son los que emiten la señal más fuerte y lo mismo para el caso del verde. Así, cualquier color es percibido como una mezcla de señales de los tres tipos de conos. Es en el cerebro cuando combinamos las tres señales y decidimos cuál color estamos viendo. Hay que señalar que algunas mujeres que tienen un cuarto tipo de bastones y por eso pueden distinguir más y mejor los colores (cosa que los hombres ya sabíamos cuando se trata de elegir la ropa).

Interesantemente, no todas las civilizaciones distinguen entre los diferentes colores. Hay tribus muy primitivas que solo “identifican” dos colores: blancos o negros. Luego están las que identifican tres: blanco, negro y rojo; este último conteniendo el amarillo. Luego se pasa a las que distinguen cuatro colores, separando del negro el azul y el verde (como un solo color). En las dos últimas etapas de desarrollo, se separan primero el amarillo y el rojo y en la última el verde se separa del azul. Como un ejemplo de este desarrollo, en Japón, los semáforos tienen tres colores: Rojo, Amarillo y Azul. Pero no es que la luz de abajo sea azul, sino que hasta comienzos del siglo XX ellos no separaban el azul (ao) del verde. Sólo cuando llegaron los primeros crayones a Japón, los niños empezaron a darle un nombre específico al verde: midori. Pero ya los semáforos estaban bautizados con el ao.

Volviendo al ojo, las células llamadas bastones, se especializan en las condiciones de poca luz, no perciben color, sólo cantidad y permiten ver de noche. Algunos animales, como las lechuzas por ejemplo, tienen una enorme cantidad de bastones y por eso pueden cazar de noche.

En los años ’90 se descubrió un grupo distinto de células fotoreceptoras llamadas ganglionales que perciben también la luz, pero no contribuyen a la visión, sino que son responsables de determinar si es de día o de noche y regulan el ritmo de dormir y despertar.

Una vez percibida la luz, la señal se trasmite a diversos lugares del cerebro para su procesamiento. Es entonces que lo que vemos adquiere un sentido, pero dado lo complicado de ese proceso, dejaremos su explicación para otra oportunidad.



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