Qué es el “paraguazo compasivo” y por qué tienes que aprender a usarlo

Qué es el “paraguazo compasivo” y por qué tienes que aprender a usarlo

La práctica meditativa de oriente ha ingresado con algunas distorsiones a nuestras latitudes: que se trata de poner la mente en blanco, que es preciso desconectarse del mundo y alcanzar cierto aislamiento protector del mundo, que mientras más difícil la postura que adoptemos, más elevado el nivel espiritual al que podemos aspirar…éstos y varios más son los postulados de quienes hacen la “bajada adaptativa” (y especialmente mediática) a nuestra realidad occidental.

Pero también existe otra malinterpretación de la filosofía que sustenta la práctica meditativa, y nos llega en la forma de que “debemos aceptar las cosas como son, no tiene sentido oponer resistencia, eso es dañino a nuestra salud y obstaculiza el desarrollo de nuestro camino”. Esto es verdad a veces, pero no siempre.

En realidad la actitud de aceptación debe ser adoptada cuando las condiciones que nos rodean no pueden ser modificadas(al menos temporariamente) y nos enfrentamos con límites rígidos que no podemos superar. Una enfermedad, un contexto adverso en el cual no podemos influir; pero hay realidades en las que podemos accionar un esfuerzo consciente, un “empuje amoroso”, pero empuje al fin, para que las cosas se acomoden un poco más a lo que necesitamos o deseamos.

Un paraguas que nos induce a ser compasivos con nosotros mismos

Una historia que circula entre meditadores dice que había un joven discípulo que se dirigía al templo de su pueblo para la práctica diaria en un día lluvioso. Llevaba un paraguas para protegerse, pero cuando pasó por el centro, fue amenazado por un ladrón que le robó buena parte de sus prendas y quedó con apenas un taparrabos y el paraguas. Cuando llegó al templo intentó explicar esto a su maestro, argumentando que “decidió entregar sus prendas para no generar conflicto alguno, en señal de actitud de serena aceptación”. La historia dice que el maestro lo traspasó con la mirada y le dijo:“¡Estúpido, deberías haberle pegado un paraguazo!”.

Este relato intenta dejar en claro algo: que la amabilidad debe comenzar por casa, por nosotros mismos. Si pensamos que nos ayudamos a nosotros mismos respondiendo que sí a todo lo que nos piden, sugieren o reclaman, vamos por mal camino, en tales casos la aceptación y la bondad pueden transformarse en pasividad vulnerabilizante. Por lo tanto, a veces necesitamos activar energías “no tan amables” para proteger nuestra integridad.

La licenciada en psicología Ximena Dávila, quien está finalizando su capacitación como experta en Compasión (MSC -Mindful Self Compassion) y dicta talleres sobre el tema, nos dice que “creemos que para ser compasivos, tenemos que ser amables, amorosos y suaves, pero muchas veces esto no es suficiente. Necesitamos más que amabilidad para ser compasivos, necesitamos tener coraje, valentía, motivación y acción. Necesitamos tener coraje de entrar en el dolor (a veces el nuestro) y sabiduría para poder responder adecuadamente frente a ese sufrimiento y aliviarlo. Entonces podríamos definir la compasión como la fuerza o la motivación que trae consigo el coraje necesario para ver de frente el sufrimiento, de la mano de alguna acción para poder aliviarlo”.

Tener la fuerza para dar “paraguazos”

Cuando le pido a Ximena que dé un ejemplo de lo que reflexiona me comparte una experiencia personal que vivió recientemente y en la cual tuvo que accionar el “paraguas compasivo” o “sacudón compasivo”.

Hace 10 meses cortaron el gas en casa. No tener una ducha caliente todas las noches, no poder cocinar para mis hijos de la manera habitual, no tener calefacción durante el invierno, fueron algunas de las situaciones difíciles que vivimos. Cambios continuos y constantes. Desde mi practica meditativa lo tomé como una nueva experiencia a transitar. Primero apareció el enojo, luego la aceptación y a partir de ahí empecé a bailar ese nuevo baile con curiosidad. Era una nueva oportunidad de ver cómo me relacionaba con la incomodidad. Con el tiempo comencé a agradecer las pequeñas cosas que esta situación traía. Tardaba media hora en calentarse el agua y decidí usar ese tiempo para meditar. La ducha duraba 5 minutos, 5 minutos de agradecimiento a cada gota de agua caliente de esa ducha. Pero un buen día… ¡esa ducha se rompió! Y colapsé –recuerda y se conmueve. Lloré mucho -dice la profesional-, sentí enojo, impotencia, como hace mucho no lo hacía. No tenía más paciencia de seguir tratando amorosamente a ninguna de las personas que eran las encargadas de resolver el problema. Sentía que a nadie le importaba esta situación y me sentía muy sola, triste y enojada. En ese momento una gran amiga me dice: “Acordate de la historia de Jack Kornfield y movete, accioná más, si es necesario ¡gritá! Recordé entonces esa historia. Resulta que Jack, psicólogo e instructor de Mindfulness, suele relatar que tenía su casa en construcción y se demoraba la entrega de la misma. Durante ese tiempo fue muy amoroso y comprensivo con todos los que trabajaban en ella, pero seguían sin cumplir con las fechas de entrega y, si no la terminaban, no se podía ir de vacaciones con toda su familia. Pero la obra no avanzaba, estaba muy demorada y las personas con pocas energías para finalizarla. Hasta que se cansó de ser amoroso, levantó el tono de voz, se puso firme y desde ese lugar pudo resolver la situación; le entregaron la casa y se fue de vacaciones con su familia.

Qué es verdaderamente ser compasivo

“Ser compasivo entonces no significa ser débil o hacer lo que quiere el otro para que no se sienta mal”, menciona Ximena. “La compasión no es perder el respeto por uno mismo ni sacrificarnos ciegamente por el otro. Parte de la compasión también es poder decir que no, poner un límite, levantar la voz. Poder decir un sí o un no con valentía y desde el corazón. Tenemos que aprender a ser compasivos desde el “no” en voz alta, desde lo que nos impulsan las situaciones difíciles, desde el enojo, desde el cuidado y la autoprotección.

Clarísimo, ¿no?. La psicóloga cierra su historia recordando: “El enojo me ayudó a accionar desde un lugar más fuerte, con más coraje y con más acción. Ese sacudón, que vino de la ducha rota y ese paraguazo compasivo que vino con la ayuda de mi amiga fueron lo que me permitió darme cuenta que me tenía que cuidar más y debía poder decir en un tono fuerte: ¡Basta, terminen con el arreglo!”.

Nos queda sólo una reflexión más: ¿No hay que ser cuidadoso quizás para no abusar del paraguazo compasivo, especialmente aquí, en nuestro país, donde todo parece funcionar mejor cuando aparece el enojo? ¿Puede que hagamos a veces del enojo un atajo, un camino rápido, para obtener lo que necesitamos?



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