¿Qué hacer en caso de abuso infantil?

Inevitablemente somos lo que hemos aprendido a ser.

Sí, cada uno de nosotros tenemos una personalidad propia que compone nuestro carácter idiosincrásico, es decir, diferente a cualquier otro, pero aun con eso, lo que llamamos nuestra forma de ser es producto directo de lo que aprendimos desde el momento del nacimiento hasta el presente.

Imaginaros pues, cuánto poder tiene la educación no solo sobre las personas en particular, sino sobre la sociedad como grupo y esto, amigas, al menos a mí, me hace tomarme la educación muy en serio.

Ya sabemos qué pasará cuando en casa nos enseñen a reaccionar de una forma determinada ante un estímulo X, ante tal o cual situación, probablemente imitaremos en el futuro el patrón aprendido, con algunas variaciones producto de nuestras experiencias personales. Pero también si acabamos por identificarnos con una reacción completamente diferente, este cambio será producto de una reflexión sobre algo que nos enseñaron o aprendimos. Pero, ¿qué pasa cuando lo que aprendemos es precisamente a no reaccionar?

Imaginaros una niña o niño víctima de una situación de abuso o maltrato, que como menor que es, no dispone de las herramientas necesarias para afrontar tan tremenda situación y solo sabe quedar bloqueada, es decir, reaccionar de forma pasiva ante un peligro que le acecha. De alguna forma, en su mente se hace el modo más seguro de reaccionar, pues el miedo reside precisamente en recibir un castigo por reaccionar.

Ahora imaginemos que en algún momento de valor incalculable este niño o niña decide contar lo sucedido o lo cuenta de forma accidental, y las personas que supuestamente deberían protegerle, no lo hacen… ¿qué aprenderá de ello? Aprenderá de nuevo que no hacer nada es el modo adecuado de actuar.

“Así que si soy pasiva ante un peligro estoy más a salvo que si hago algo, y además quienes me quieren han elegido también la pasividad, de modo que este es definitivamente lo que tengo que hacer en el futuro”, algo parecido deben pensar esas jóvenes mentes que pasan por traumas de este tipo y este es el modo en el que son configuradas para responder en el futuro, probablemente ampliando el abanico de situaciones en las que la pasividad funciona a cualquiera que pueda ser interpretada como amenazante.

Seguro que podéis imaginar las consecuencias de este fenómeno que llamamos en psicología Indefensión Aprendida, y cuán triste puede ser la vida para estas personas ya adultas que se sentirán permanentemente desprotegidas y abandonadas.

Tengo demasiados casos cerca de mí como para no haberme interesado en el porqué los adultos no han podido/sabido dar una respuesta adecuada para evitar este tipo de diagnósticos, y concluyo que en la mayoría de los casos, estos adultos simplemente no han sabido hacerlo de otra forma porque seguramente nadie les enseñó tampoco a ellos a hacerlo. Pues seguramente quedaron bloqueados ante la gravedad y el dolor de conocer una realidad tan dura en sus hijos, y entiendo el peso tremendo de ello sobre sus conciencias, llegando incluso a negárselo a sí mismos como único medio de supervivencia.

Sin embargo, la experiencia está para aprender, y hoy con esta reflexión quiero subrayar la importancia de que cualquier madre, padre o tutor que pueda (y espero de todo corazón que sean el mínimo de casos posibles) verse en una situación similar, hable y trate el tema con sus hijos cuanto sea necesario, y encontrar la forma de enfrentar el problema, buscando ayuda profesional si no nos vemos capaces de hacerlo solos. Lo importante es, en este caso, no elegir la pasividad, no elegir el silencio ni el mirar para otro lado. Meter la cabeza bajo el ala no logrará nada más que enseñarles a ser víctimas para siempre.

Lamento ponerme intensa, pero de vez en cuando toca, y me confieso muy sensible ante estos casos en concreto, de modo que en algún momento tenía que pasar. Seguro que entre todas las personas que estáis leyendo esto, hay un número más grande de lo que imaginamos que se puedan sentir identificadas con el texto, y espero que tanto esas personas como las que no os identificáis en absoluto, toméis buena nota de su importancia por aquellos casos que puedan aunque sea rozaros.

Hoy quiero lanzar esta recomendación porque todo tiene solución en la vida y nunca es tarde para hacerlo, y aun si la infancia es el mejor momento para atajar el problema, también los adultos que han sido víctimas cuando niños, tiene una oportunidad de trabajar el dolor que pueden tener guardados dentro de sí. Así que hacedlo, hablad, limpiaros las heridas para que sanen, es importante y justo y necesario; quizás con ello podáis enseñar a alguien más a hacerlo, y quizás sea algo que necesiten aprender.

Y si no has sido víctima sino tutor de una de ellas, vuestro papel es fundamental, no tengáis miedo, vuestro apoyo es su auténtica salvación.



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