¿Qué hago para que los hermanos compartan?

¿Qué hago para que los hermanos compartan?

¿Y es que acaso los adultos lo hacemos? ¿Compartimos todo con nuestros hermanos, pareja, amigos, incluso con nuestros hijos? A menudo pretendemos que los niños asuman valores que los adultos no hemos asumido.

Tomemos prestado este ejercicio (con alguna variante) que usa el pediatra y autor Carlos González. Imaginemos que nuestra madre nos invita a cenar en su casa para que celebremos su cumpleaños, y paralelamente extiende la invitación a otras familias amigas. Llega el día de la cena ¿qué tal que nuestra madre nos diga?, “hijo mío, te presento a Juan, el es el hijo de mi amiga Petra, como quiero que sean buenos amigos y para que demuestres que yo te he inculcado valores, hoy le vas a prestar tu celular y tu carro por una semana… es que Juan dice que son muy bonitos y quiere disfrutarlos por un tiempo y yo te he enseñado que es importante compartir…”

Evidentemente algo así no nos suena lógico, tan absurdo nos parece que hasta parece un chiste. No se nos ocurriría obligar a un adulto que comparta o ceda sus pertenencias. Nos queda claro que hacerlo constituye una agresión a su integridad como persona, a su derecho de decidir voluntariamente sobre sus propiedades, no lo juzgaríamos de egoísta o mala persona. Por el contrario, entendemos una imposición semejante como una agresión hacia nuestros más elementales derechos.

Educar con consciencia, muchas veces implica cuestionar lo naturalizado, es decir, hay que ponerse unos lentes especiales que yo llamo del «darse cuenta». Que entendamos como normal ciertas conductas, expectativas o costumbres sociales, no quiere decir que sean saludables o respetuosas. Para un niño o una niña, su juguete, su ropa, sus objetos constituyen pertenencias con el valor equivalente que otorgamos los adultos a nuestro carro, celular, casa… Por otra parte, según sea su momento evolutivo un pequeño, puede percibir diez minutos como una eternidad. Sin embargo pretendemos que los niños compartan sus pertenencias (que asumimos como insignificantes pero para ellos tienen mucho valor) durante un período de tiempo (que para nosotros puede ser breve pero para ellos puede resultar una eternidad) con los hermanos, amiguitos, etc., aún cuando estén o no dispuestos a hacerlo.

¿Pero, esto quiere decir que desistiremos en el objetivo de que nuestros hijos desarrollen su capacidad de generosidad y el valor de compartir con los hermanos? Claro que no. De lo que se trata es de darnos cuenta que cualquier intento orientado en este sentido, se haga a través de formas empáticas, conscientes de las necesidades particulares del niño y además respetuosas con su integridad cómo persona.

Lo primero que debemos considerar es que la solidaridad entre hermanos se construye en la medida en que los progenitores somos capaces de incluir dentro del mismo espacio de amor, contención afectiva, mirada y compromiso emocional a todos los hijos e hijas por igual. Laura Gutman, autora y psicoterapeuta argentina, usa un ejemplo que a mí me gusta mucho.

Imaginemos un grupo de varias personas con hambre de varios días frente a una mesa donde solo hay un bocado de pan. De seguro todos van a pelearse por obtener el escaso alimento para saciar el hambre. En cambio ante una mesa con comida abundante para todos, no hay peleas que librar por la sobrevivencia. Lo mismo ocurre cuando se trata de incluir a los hermanos dentro del mismo circuito de amor de sus cuidadores. Si entre hermanos tienen que competir por la escasa mirada, nutrición afectiva o disposición emocional de sus padres, es probable que la rivalidad sea mayor, y por tanto el deseo espontáneo de compartir, difícilmente se despliegue.

El comportamiento modélico de los padres es otro de los factores de peso en la construcción de los valores de nuestros hijos. La generosidad y solidaridad no son la excepción. Si queremos que se instale la hermandad generosa y solidaria entre nuestros hijos, revisemos con qué recursos emocionales y éticos contamos para dar el ejemplo.

El momento evolutivo del niño también tiene mucho que ver con el desarrollo de su capacidad de compartir. Un niño menor de dos años no comprende la noción de fronteras sobre las pertenencias. Todo lo que se encuentre es suyo y querrá explorarlo. En caso de que quiera tomar un juguete que su hermano no esté dispuesto a prestar, lo ideal es tratar de anticiparse o de distraer con algo que llame su atención.

Hasta los tres años el niño aún se encuentra en un período madurativo donde compartir no es un concepto que sea capaz de digerir muy bien. No entiende que las cosas pueden pasar de sus manos a otras sin que ello suponga perderlas para siempre. Si ya es mayor y se niegan sistemáticamente a compartir, la psicóloga Yolanda González, autora del libro “Amar sin miedo a malcriar”, recomienda indagar las causas que subyacen tras dicho comportamiento. Quizás el niño ha sido forzado a compartir prematuramente y de forma inadecuada, quizás ha tenido experiencias dolorosas con amigos o hermanos durante el juego, quizás esté manifestando alguna protesta contra los hermanos o padres por alguna carencia. González subraya que cada caso es único, y debe evaluarse como tal para comprenderlo de raíz y atenderlo apropiadamente.

Cuando nuestro hijo no quiera compartir con un hermano o con un amigo, los padres podemos intervenir explicando a las partes que la decisión de no hacerlo se respeta, proponer otra actividad y acompañar al niño que se queda sin poder jugar con lo que quería, o distraerlo con otra cosa o juguete si es más pequeño. Ese mismo hijo que no quiere compartir, en un momento dado cuando ya haya madurado para socializar, es decir, cuando haya comprendido la noción de pertenencia, cuando maneje nociones más complejas como reglas de juego, etc., irá graduando su propio aprendizaje sobre la necesidad de respetar y negociar para compartir las pertenencias.

En ningún caso es recomendable reñir u obligar a compartir porque entonces los hermanos lo harán de manera mecánica y albergarán resentimientos.



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