Que la vida no me sea indiferente

Hace unos días recordaba una de las grandes canciones reivindicativas de nuestro tiempo: Sólo le pido a Dios. La letra es del cantautor argentino León Gieco y la también argentina Mercedes Sosa la cantaba como nadie. La canción sacudía conciencias allá por los años setenta, desde Latinoamérica a Estados Unidos y Europa, a través de una llamada a no quedar indiferente frente a los abusos del poder establecido: “Que el dolor no me sea indiferente, que la guerra no me sea indiferente, que lo injusto no me sea indiferente, que el futuro no me sea indiferente…”.

Cuarenta años más tarde, en plena crisis, no sólo económica, sino de auténticos valores humanos, esta llamada a salir de nuestra indiferencia me parece una necesidad de primer orden. La vida, esta oportunidad única e irrepetible, no nos puede ser indiferente. Tenemos en nuestras manos un tesoro incalculable y día a día dejamos que se escurra entre nuestros dedos, sin damos cuenta. Dice una de las estrofas: “que la reseca muerte no me encuentre, vacío y solo sin haber hecho lo suficiente”.

Valga una vez más esta canción de instrumento reivindicativo pero, en esta ocasión, a nivel personal, para que cada uno de nosotros hagamos un alto en el camino, miremos en nuestro interior y nos preguntemos honestamente si hemos hecho lo suficiente o si podemos hacer algo más. ¿Qué le pedimos a la vida? ¿Qué deseamos realmente, más allá de las posesiones materiales? ¿Cuál es la cualidad creativa que aún no hemos expresado? ¿Qué nos gustaría cambiar? No son preguntas fáciles porque el mundo en el que vivimos no nos anima a bucear dentro de nosotros. Sencillamente no hay tiempo para eso, tan ocupados como estamos buscando fuera nuestra satisfacción.

Lo hemos dicho muchas veces: la realidad la creamos entre todos. Si buscamos satisfacciones, ¿por qué esperar a que alguien o algo decida otorgárnoslas? ¿Por qué no generarlas nosotros mismos? ¿Qué o quiénes creemos que nos lo impide? ¿Son reales nuestros límites o tal vez imaginarios?

Toda vida es una oportunidad para crecer, para evolucionar, para encontrar su propia creatividad y medio de expresión, para hallar el poder de transformar las cosas. En el camino encontraremos dificultades, claro. Algunas veces, para llegar a la luz hay que haber pasado por la oscuridad. Pero la oscuridad es un viaje a lo profundo para aprender y comprender, para aceptar y madurar. Si aceptas la oscuridad como la luz acabas por darte cuenta de que forman parte de una misma cosay que en la unión de ambos está nuestra fuerza.

Desde esta comprensión, desde esta fuerza, quiero dar gracias a la vida y a todo lo que en ella hay. Y por ello me despido con otra famosa canción, esta vez de la chilena Violeta Parra. Hago míos –y vuestros– sus versos:

Gracias a la vida que me ha dado tanto


Me ha dado la risa y me ha dado el llanto,


Así yo distingo dicha de quebranto


Los dos materiales que forman mi canto


Y el canto de ustedes que es el mismo canto


Y el canto de todos que es mi propio canto.



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