Me quité ese peso de encima

Amarrarme los zapatos era toda una proeza, cada mañana sentía que habría sido mejor no levantarme, no aguantaba los tacones por más de dos horas, eso sin contar que mi clóset era una exhibición de “nada que ponerme”.

Pasé dos años pesando más de 72 kg, que para mis 1,63 de altura, según los médicos, significaba sobrepeso; hace 7 meses llegué al bellísimo récord de ochenta kilos, así con todas sus letras, con todo su peso y significado.

Mi cuerpo estaba gritando desesperado por cuidado y mi mujerabilidad andaba perdida, buscando dietas milagrosas, a pesar de mis conocimientos sobre el tema; y como eso de comer atún con galleta de soda, sustituir comidas por brebajes, tomar te chino mil veces al día o hipnotizarte para perder kilos sin mover medio músculo, definitivamente NO funciona, cada mes en lugar de bajar, mi peso seguía subiendo.

Al regresar de Roraima –sí, hice cumbre con mis 80 kilitos encima-, donde la lógica hipertensión arterial que acompaña al sobrepeso me jugó un par de malas pasadas, decidí ser amable conmigo misma.

Busqué ayuda profesional, respiré profundo y me comprometí con mi cuerpo. Es que si lo considero el templo de mi alma ¿cómo lo iba a seguir mal tratando?

Comencé un régimen alimenticio difícil, porque cambiar hábitos no es algo sencillo; hago ejercicios que disfruto mínimo 4 veces por semana, y siempre es más importante cuidarme que complacer a quienes me ofrecen –con la intención de compartir- un heladito, unas papitas fritas o un buen plato de pasta a las 8 de la noche.

Hoy, con doce kilos menos, la tensión está normal, cada día soy más flexible, más de la mitad de mi clóset se reactivó y mi respiración está cada vez mejor. Y es que ese sobrepeso no solo se lleva en el cuerpo, sino en el alma, porque es más difícil sonreír si te sientes pesado, porque es más difícil avanzar hacia los objetivos si el cuerpo no ayuda, porque es más difícil amar al otro si no nos amamos a nosotras mismas primero.

Comprendí que no basta con predicar que debemos ser integrales, que los errores más graves son los que cometemos contra nosotras mismas y que los compromisos de amor concreto conmigo misma son tan importantes como los que adquiero con los demás.

 



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