Relaciones a la carta

Antes de involucrarnos demasiado, aclaremos algo: soy amante del buen comer y del buen amor.

Ya olvidé la cuenta de cuánto tiempo llevo en esta ciudad que me enamora día a día con su clima, colores, gastronomía y gente fabulosa. Me declaro culpable de tener un affair con este hermoso lugar y con todas las experiencias que me ha brindado. Desde que despierto hasta que caigo agotada en la cama me considero feliz de las decisiones tomadas que me han traído hasta este momento, y eso pienso yo, está bien.

Anoche, al regresar a casa, pensaba en los diferentes tipos de relaciones amorosas que existen en estos tiempos modernos. La idea de conocer a un hombre, esperar a que sea él quien te corteje, pasar años juntos y finalmente casarse es tan retrógrada y anticuada como aquellos walkmans mamotréticos que cargábamos encima, y jurábamos que eran la wea más moderna. No digo que no funcione, pero actualmente las opciones parecen ser más amplias.

Las relaciones, hoy en día, son como ese proceso de definir un restaurante favorito. Vamos probando menú tras menú hasta que encontramos uno que puede parecer interesante, nos gusta, hablamos de lo delicioso que es, lo recomendamos (siempre teniendo en cuenta de que los demás no entenderán lo rico que es para nosotros), volvemos al lugar, lo pedimos de nuevo, lo pedimos de nuevo y lo pedimos de nuevo.

Dentro de mi reducido círculo de amistades está claro que todos somos expertos en restaurantes diferentes. Unos a distancia, otros convencionales, otros viven de plena ilusión, algunos casados y siempre el rebelde que dice no creo en el amor, a pesar de que pasa todo el día mandando Snapchats a esa pollita o pollito que tanto le interesa.

El amor no se puede negar, y tenemos la virtud de vivir en una época donde nadie nos mirará feo al decir que tu pareja vive en otra ciudad, o que estás en una relación homosexual, o que simplemente tienes una relación amorosa con tu perro.

Todo está bien, siempre y cuando seamos felices.

Algo que sí me parece preocupante (y que no recuerdo con quien lo hablaba el otro día) es la poca importancia que se le otorga al ámbito amoroso. Parece que nos pasamos la vida en restaurantes de comida rápida, sin pensar en las repercusiones que puede tener a futuro en nuestra salud. El amor (o por lo menos las relaciones) son algo secundario en la mayoría de los casos. Primero se piensa en el dinero, en el reconocimiento y en la satisfacción personal, antes de pensar en que quizás todo eso pueda vivirse más plenamente si aceptamos el amor que nos es dado por otros.

Es así de sencillo: en un grupo de veinte personas, quince dirán que quieren dinero, tres dirán que no saben qué quieren y una dirá que quiere encontrar amor.

Queda una persona. Esa persona sobrante soy yo. Y a mi no me pregunten nada.

Las relaciones ciertamente son más abiertas y despreocupadas, pero, ¿hasta qué punto está bien ignorar lo que nuestro paladar nos dice en cuánto a los sabores que prefiere?

Hace poco escuché que el amor verdadero se manifiesta muy pocas veces en la vida, pero que ciertamente vivimos tan obsesionados con nosotros mismos que en pocas oportunidades logramos reconocerlo. Me pareció tan fuerte la afirmación que comencé a mirar desesperadamente hacia atrás.

No recordé nada, pero sí recordé algunos buenos restaurantes en mi mente,

Y, por supuesto, mi menú favorito en estos momentos.



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