Resignificar los berrinches

Resignificar los berrinches

Las rabietas y berrinches constituyen uno de los motivos más frecuentes de ansiedad y preocupación para los padres. Para intervenir o acompañar a los pequeños en medio de este trance, existen dos enfoques: el tradicional que parte del principio de que el niño nos quiere tomar el pelo, manipular, etc., entonces castigamos, prohibimos, forzamos e ignoramos, y el enfoque consciente que resignifica los berrinches e invita a aproximarnos desde la compresión de las causas reales y la intervención respetuosa para el niño. Yo les voy a hablar sobre la aproximación respetuosa, democrática y flexible que es la que nos ocupa. En esta oportunidad trataremos de comprender por qué suceden las rabietas y a dilucidar qué es lo que subyace tras un arranque descontrolado de llanto, gritos y pataleos de nuestros pequeños.

En primer lugar, para lograr un abordaje respetuoso y no violento, es preciso saber que las rabietas son respuestas propias de un momento evolutivo del niño que, bien entendidas y atendidas, pasarán por sí solas y no tienen porqué prolongarse más allá del tiempo correspondiente.

Según los expertos, las rabietas comienzan alrededor de los dos años y deberían desaparecer alrededor de los cinco años. A los dos años el niño ya ha conseguido avances significativos en su autonomía (comer solo, caminar, hablar…) y experimenta la significativa transición que entraña el descubrimiento del «yo». Se va haciendo consciente de que es un ser distinto a sus padres y especialmente de la madre, con quien ha sostenido un vínculo de fusión emocional y dependencia absoluta que la naturaleza, sabiamente, ha previsto en un principio para garantizar su sobrevivencia.

En este período evolutivo, el pequeño  ejercita una serie de respuestas para consolidar su afirmación como individuo y dar los primeros pasos en el lento y largo proceso de autonomía. Una de ellas es el famoso «NO»,  porque negando a sus padres, el niño se afirma. Y ojo, es muy importante que nos quede claro: esto no lo hacen para provocarnos o faltarnos respeto, sino como ejercicio natural de consolidación de su individualidad. Tampoco quiere decir que el niño, por naturaleza, sea un tirano egoísta. Ya hablamos en un post anterior, sobre los estudios de la doctora Alison Gopnik  y otros científicos que han desmontado la creencia de que los niños son pequeños tiranos y han demostrado que desde los quince y dieciocho meses, los pequeños son capaces de ser generosos y empáticos.  Es injusto y pernicioso valorar de pequeño tirano egocéntrico,  a un ser humano en formación, sólo porque atraviesa un período en el que desarrolla la noción del «yo», y comienza a dar los primeros pasos hacia la autonomía necesaria para consolidar la adultez ¿no les parece?. Sería como ponerle a un adulto la etiqueta de neurótico cuando reacciona de mal humor porque está pasando por unos días difíciles. Por otra parte, debemos comprender que el pequeño no tiene los mismos recursos que un adulto para gestionar y expresar las emociones, que además,  le resultan confusas y angustiantes, por lo cual frecuentemente deriva en las famosas rabietas.

En la medida en que los padres contengan y acompañen con respeto, empatía y paciencia, los mismos pequeños irán adquiriendo, paulatina y naturalmente,  la madurez y destrezas para expresarse y gestionar sus emociones sin berrinches. Llegado el momento evolutivo correspondiente, estas «explosiones» del ánimo irán quedando atrás.



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