Resistencia a dialogar

Hoy está sobre la mesa del país: el diálogo, una palabra vista tanto con distancia, desconfianza o temor, así  como con esperanza y optimismo.

En este y próximos artículos sobre el diálogo, vamos a utilizar esta situación país como una oportunidad para el aprendizaje personal, que nos permita contribuir en los diferentes contextos familiares, laborales y sociales.

¿Has confrontado una situación cuya solución surgió durante la conversación con la otra parte? Entonces, ¿por qué evitamos el diálogo sabiendo que es el procedimiento más recomendado, incluso por nosotros mismo? ¿Por qué nos resistimos a intercambiar ideas con alguien con el cual tenemos diferencias o con el que ya hemos tenido discusiones o malos entendidos, mientras nos es tan fácil conversar con alguien que tenga ideas similares a las nuestras?

Básicamente, porque el diálogo profundo, sincero, respetuoso y productivo sobre las diferencias, desacuerdos o conflictos no es el pan nuestro de cada día. Hablamos mucho, sí, pero no tenemos cultura de diálogo. Entendido éste como un proceso comunicacional enfocado en construir soluciones que satisfagan las necesidades de las partes, pero que durante el proceso se logre mantener las buenas relaciones interpersonales.

En cambio, hemos aprendido en nuestras familias, formas de resolución de conflictos más rápidas pero menos adecuadas y eficaces. Si observamos lo cotidiano, en la familias, en la calle o en el trabajo, colocamos en primer lugar el obtener lo que se quiere “salirse con la suya”, en menoscabo de la relación interpersonal. Seguramente has escuchado o dicho frases como estas: “Se lo dije claro y raspao, si no le gustó tiene dos problemas”; o “No le dije nada, es mejor dejar las cosas así, no me gustan las discusiones”; o esta otra, a través de la imposición, “se hace así porque yo digo y punto”, “aquí siempre se ha hecho así”.

Si tenemos algunos de estos esquemas que limitan el profundizar en la comunicación, cuando se presenta la posibilidad de dialogar, es muy probable que se nos generen algunas resistencias internas, tan válidas como franqueables:

  • Miedo a que se compliquen más las cosas. Miedo a ser atacados, o a exaltarse y perder el control.
  • No creer en nada de lo que el otro diga o haga.
  • Cerrarse en “una” solución y no abrirse a negociar.
  • Querer resultados rápidos. No entender que el diálogo requiere tiempo y dedicación.
  • Esperar que el otro dé el primer paso, por opinar que “él empezó” o que su agravio fue el peor.
  • Temor a ser percibido como débil, o pensar que por aceptar o proponer el diálogo le estuviera dando la razón al otro.
  • Perder el tiempo hablando y no llegar a nada.
  • Y una resistencia muy determinante y oculta: Temor a dejarse influir y cambiar de opinión.

¿Identificas alguna de estas resistencias en ti? ¿En cuáles situaciones o con cuáles personas,  percibes que tú tienes resistencia a dialogar?

Reflexiona sobre lo siguiente:

  1. Revisa de dónde te viene esa resistencia al diálogo. Está asociada a experiencias previas, o a referencias de otras personas. Recuerda esas experiencias con visión analítica y para aprender.
  2. Cuáles han sido tus limitaciones a la hora de dialogar, qué te ha impedido tener un buen resultado o desenlace, ¿te alteras?, ¿te trancas?, ¿Cuál es la emoción que te aflora? ¿percibes que no  te entienden?, ¿creer tener la razón?, ¿te cuesta escuchar?
  3. Busca la manera de mejorar tus  aspectos identificados en el punto 2, piensa, cómo lo puedes hacer diferente en otro momento, cuales cualidades y emociones te servirían para mantener el diálogo hasta conseguir buenos resultados para ambas partes. Cultiva tus cualidades de diálogo.

Estamos empezando por derribar las barreras internas que nos impiden emprender el diálogo para la resolución de conflictos, en próximos artículos veremos cómo manejarlo con los demás.

Si gustas, a continuación, puedes comentar el artículo, realizar preguntas o plantear inquietudes.



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