¿Sabemos conversar?

Todos los malos entendidos que tenemos en nuestras relaciones interpersonales, se derivan de fallas en la comunicación. Antiguamente la teoría de la comunicación decía que, existía un receptor, un emisor y un mensaje; y que la claridad o no del mensaje dependía de si existían ruidos en la comunicación. Los ruidos eran concebidos como interferencias, derivadas por mensajes entrecortados, no expresados claramente o con poca intensidad. Esta teoría, creada en un principio para describir la comunicación tecnológica, rápidamente consiguió adeptos que la trasladaron al ámbito humano. En esta teoría, la responsabilidad de darse entender dependía del emisor. Así se explicaba que el emisor debía ser claro en el mensaje, éste debía tener un inicio, un nudo y un final, y que ese final debía cerrar todo el ciclo de emisión del mensaje. Inclusive, Noam Chomsky creo la teoría de la gramática transformacional para explicar cómo las palabras, correctamente utilizadas, podían utilizarse para influir en los demás.

Pues bien, para fortuna nuestra, esta teoría cambió. Partiendo de la base creada por Chomsky, Bandler y Grinder, crearon la programación neurolingüística. Esta teoría se fundamenta en cómo las personas interpretan la realidad y por ende los mensajes que reciben. Así, las personas filtramos los mensajes que recibimos a través de nuestros sentidos, pero con la distinción de que, cada quien tiene o utiliza un medio de percepción sensorial diferente. Así, tenemos a las personas que tienen predominancia visual, a los auditivos y a los kinestésicos. De tal manera que, un emisor podrá pensar que emite correctamente un mensaje, pero el receptor, sólo captará aquello que su sentido predominante le permita recibir.

De tal manera, la comunicación, no depende del emisor, sino del receptor, de como éste interprete el mensaje; por eso es que se dan los malos entendidos en las relaciones, ya que una persona (emisor) piensa que fue claro en el mensaje que quiso dar, pero la otra persona (receptor) no interpretó la totalidad del mensaje o siquiera el contenido del mismo.

Cómo evitamos esto. Lo ideal sería conocer de antemano a la persona a la cual queremos comunicar algo o al auditorio,  y descubrir cual es su sistema de representación sensorial. Luego, incluir palabras que predominen en este sistema, para sostener una comunicación efectiva.

Por esto, aunque sepamos hablar, no sabemos conversar. Conversar implica conocer al otro y sólo conociendo al otro es que podremos trasmitir efectivamente nuestro mensaje.

Ya decía Rafael Echeverría «las relaciones personales se configuran a través de las conversaciones».



Deja tus comentarios aquí: