Se lo mataron

“Tuve que decirle que hoy le mataron al hijo para robarlo. No tenía idea de cómo hacerlo”.

Dice que solo logró llorar con ella, aunque jamás podría ser el mismo llanto; pero cuando lo cuenta, a todas se nos mueve esa fibra maternal grabada en nuestro ADN.

No importa qué le querían quitar, tampoco importa la hora del día ni el lugar. Simplemente, una madre se quedó sin el objeto de su existencia como tal, porque a otro así le provocó.

Las historias de madres que han perdido a sus hijos a manos de la violencia y la injusticia se unen a las de aquellas que se los arrebata un accidente, una enfermedad, un secuestro.

No importa cómo, la pérdida de un hijo deja sellada la tristeza en la mujerabilidad colectiva, y esa es quizás una de las circunstancias más difíciles de superar para nosotras, porque la sentimos esencialmente injusta.

Claro que cuando la muerte es a manos de la delincuencia, el dolor se mezcla con rabia, más impotencia y casi ninguna capacidad para comprender. Justo allí quedé desequilibrada, buscando respuestas válidas al caos que generan las graves fallas de nuestra sociedad.

¿En qué momento pasó a valer más un teléfono móvil que una vida? ¿por qué robar y matar es algo tan normal para tantos en Latinoamérica?

No tengo los conocimientos suficientes para profundizar en las razones sociológicas de desigualdad que nos han llevado a este caos, pero estoy convencida de que la falta de amor como un valor hace que se haya perdido la concepción sagrada de la vida.

Por eso, hoy mi mujerabilidad levanta la voz, porque se trata de una problemática que nos involucra a todos, de la que somos co-responsables por no hacer nada para evitar la violencia, desde su más mínima expresión; y es que creo que comienza chiquitica en nuestras propias casas y se alimenta de gritos familiares, relaciones disfuncionales, fallas escolares, programas de televisión y miles de problemas más por falta de valores fundamentales.

Entonces, yo me comprometo a construir la paz, a través de mi comportamiento cotidiano; a evitar reaccionar en el tráfico, a respirar antes de gritarle a alguien que comete un error, a comprender antes de juzgar, a combatir el odio y resentimiento social con actos de amor concreto que vayan, poco a poco, construyendo el mundo con el que soñamos. Puede parecer insignificante, pero si somos miles de millones, entonces lograremos vencer la violencia con Amor.



Deja tus comentarios aquí: