Se salvó en Caracas

Ella es de esas muchachas que persiguen sueños despierta y, a pesar de todos los contratiempos sale adelante. Anoche vivió una “aventura” que, en Caracas, en más del 80% de los casos habría terminado en una gran fatalidad, pero su mujerabilidad calmada y segura le permitió contarlo ilesa.

Se accidentó luego de las nueve de la noche subiendo por una zona oscura, donde no hay ningún tipo de construcción. “Justo allí mi carro murió. Estaba sola, mi teléfono tenía solo una línea de batería. Rápidamente intenté revisar por encima a ver si había algo flojo que pudiera solucionar. Nada, estaba muerto. Pasaron alrededor de 15 minutos cuando se pararon tres hombres con muy mal aspecto. Extrañamente, soy muy valiente ante ese tipo de sucesos y de alguna manera siempre siento que voy a estar bien. En ningún momento dudé que así sería.

Se bajaron del carro, me preguntaron qué me había pasado y comencé a contarles con confianza. Trabajaban como autobuseros en la ruta de Las Minas. Revisaron el carro, pero tampoco pudieron hacer nada. Consiguieron un mecate, amarramos mi carro al de ellos como pudimos y subimos hasta un estacionamiento público. Me dejaron allí y tuve que rogarle al dueño que me permitiera dejar el carro por una noche, porque no tenía espacio. Cuando por fin aceptó, recogí mis cosas para salir a buscar el modo de irme a casa. Cuando llegué a una estación de servicio cercana me di cuenta de que no tenía el monedero. No estaba en ninguna parte. Obviamente lo primero que pensé fue: me robaron. Pero tenía que resolver. Recordé que cerca de allí vivía una amiga. Con la barrita de batería que me quedaba me cansé de llamar a su casa para que bajara a ayudarme. Nada. Ninguna respuesta. Mi teléfono finalmente se descargó por completo.

En ese punto ya tenía ganas de llorar: sin carro, sin cartera y sin teléfono, y muy muy lejos de llegar caminando a cualquier punto. En ese momento mi instinto (pura mujerabilidad) me volvió a ayudar. Salí de la estación e intercepté al primer muchacho que encontré. Le conté lo que me pasaba con todos los detalles extraños y le pedí ayuda. Él, sin siquiera pensarlo, me dijo que me llevaba a casa. Era un universitario con el carro repleto de banderas, pancartas, pitos y otras cosas de ‘guarimberos’.

No hablamos durante todo el camino; supongo que iba tan asustado como yo. Sólo alcancé a darle las gracias 10 mil veces cuando me vi en la puerta de casa.

Al llegar no le conté nada a mi mamá porque sé lo nerviosa que está por la situación del país. Al entrar en mi cuarto, mi monedero estaba sobre la cama.

En resumen: vivimos en una Venezuela revuelta, rota, llena de nervios y de ‘no se sabe qué’. Pero a mi gente venezolana yo no la cambio por nada. Hoy, cuatro personas de diferentes clases sociales, de distintos lugares de la ciudad, sin esperar absolutamente nada a cambio, me salvaron la vida. Esa es la Venezuela donde yo nací. Esa es la Venezuela que conozco.

Después de leer mi aventura, me dirán si no vale la pena luchar. Definitivamente Venezuela es el mejor país del mundo”.

Y cuenta con mujeres como Alexandra, que sin importar su edad ni condición, están dispuestas a demostrar que la valentía y la fuerza que nace de nuestras entrañas nos hace construir cada día la mujerabilidad que tanto hace falta para contar con una mejor convivencia en esta Caracas tan convulsionada.



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