Seguid el ejemplo que Bogotá dio

Hace poco, mi amiga B regresó de Bogotá. Se tomó un fin de semana con su esposo, para disfrutar por segunda vez de una de las ciudades que más hemos disfrutado, siempre por separado, los dos. Una vez más, llegó eclipsada.

En mi caso, cada vez que tengo oportunidad de hacer una parada por Bogotá, no lo pienso dos veces. Sin duda, se trata de una de las ciudades más amables que conozco en América Latina y esa extraña familiaridad que me cuesta describir, es la que casi siempre me hace regresar

En Bogotá me siento en casa. Aquel cuento de la hermandad de los países latinoamericanos, aquel anhelo de Bolívar de constituir La Gran Colombia, pasa de ser una simple y escueta ilustración en los libros de historia de 4to grado, a convertirse en algo que se respira en cada paso y cada palabra que cruzas con un «hermano» colombiano.

Cuando uno repite una ciudad y no solo la repites, sino que pierdes la cuenta de cuantas veces la has visitado, ya no se ve todo desde los ojos del turista. Creas incluso hábitos y conductas, propias de tu estadía en este lugar. En mi caso caminar unos cuantos kilómetros y detenerme a tomar un Juan Valdéz Café, sin mayor agenda que la contemplación, es un ritual reciente, digno de una ciudad donde te lo puedes permitir.

BogotaY una vez recorrida, seguro que comparto algo con la mayoría de los caraqueños que hemos pasado por la ciudad: nos hemos preguntado ¿qué tiene Bogotá que no tenga Caracas?

Quizás nada, quizás todo… Son ciudades distintas. Capitales pertenecientes a países unidos por lazos históricos y geográficos inseparables. Pero si me preguntan, diré que veo más infraestructura en Caracas que en Bogotá, mejor arquitectura y autopistas, sistemas de transporte masivo más antiguos y una proyección del futuro que no preveía que Caracas iba a entrar en el ranking de las ciudades más inseguras del mundo y Bogotá optaría por convertirse en la Capital Americana de la Cultura.

La respuesta a mi pregunta, que asumo es la misma de la mayoría de los caraqueños que hemos pisado Bogotá, es simple: la gran diferencia, la hace gente. Y esto me remite a las recientes elecciones en Venezuela (y las que están por venir), donde solemos esperanzarnos en función de «un cambio» que milagrosamente solucione todos los problemas del país. Y claro que pueden los gobiernos impulsar proyectos, liderar ideas… Pero si queremos un cambio, éste debe empezar por nosotros mismos. Y buen ejemplo nos ha dado Bogotá en este sentido:

  • Si queremos un cambio, empecemos por dar los buenos días, buenas tardes o buenas noches, al entrar al banco, a un autobús o un ascensor.
  • Si deseamos un cambio, empecemos por contestar los buenos días, buenas tardes o buenas noches, cuando alguien nos lo brinda. Es gratis y fácil.
  • Si queremos una ciudad más limpia, hagamos algo tan elemental como no lanzar desperdicios por las ventanas de nuestros automóviles o los autobuses.
  • Si queremos una ciudad menos violenta, NO aceptemos trabajos de atención al público si no tenemos vocación para ello.
  • Si tienes un negocio, atiéndelo personalmente, haz sentir a tu clientela a gusto y compite por la calidad de tus servicios, más que por los precios.
  • Si trabajas para el negocio de otro, recuerda que si el negocio prospera, tú prosperas. Haz tu parte y hazlo bien, no te sientas ni más ni menos por servir.

Bogota2Y esta lista podría extenderse 5 páginas más, con conductas que podríamos cambiar desde hoy, para hacer de nuestra ciudad un lugar más amable, pero hay una que me parece especialmente alarmante y es la alta propensión que tenemos hacia la queja. Basta pararse en cualquier cola de un banco o un supermercado en Venezuela, para tropezar la mirada con alguien que se queja y dice cosas como: «no sabemos a dónde vamos a parar», «es que este paiiiissss…» o ese clásico gesto de desaprobación y queja, tan característico de nuestros tiempos.

Me contaba un amigo colombiano de una campaña que sirvió de introducción para los cambios que vinieron más tarde y edificaron la Bogotá que nos eclipsa hoy: edificios públicos, bancos y tiendas, colocaban un cartel que decía: «Aquí no se habla mal de Colombia».

Una de tantas conductas que podríamos aplicar desde hoy, a ver si nos convertimos en esa ciudad y en ese cambio, que todos decimos anhelar.



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