¡Ser hijos… Ser padres!

En el primer instante en que supe la noticia de que iba a ser madre, un volcán de incertidumbre, ansiedad, curiosidad, amor y miedo estalló en mi alma.

Me preguntaba si haría bien mi papel como mamá, y después de pensar por largo rato, me percaté de que el objetivo de transitar este camino no era colgarme una medalla de “si fui o no” una buena madre al final de mi vida, sino el disfrute de amar a mis hijos, verlos crecer y aprender de ellos.

A medida que fue pasando el tiempo, las dudas se disiparon y los miedos se convirtieron en ilusiones. Hoy en día sé qué patrones no me gustaría repetir y cuáles de ellos me gustaría mantener intactos para repetirlos con todos mis hijos. Hoy en día, sé cuáles son las cosas maravillosas que adoro compartir con mi mamá y que repetiría nuevamente. Yo amo con conciencia la relación que he tenido con mi madre y que me ha hecho crecer y reír a lo largo de mi vida. Eso es lo que deseo que suceda con mi hijos: que entre ambos, podamos amar con conciencia la relación y respetarla.

También me di cuenta de un descubrimiento muy íntimo y personal: tenemos una ventaja que beneficia a nuestros hijos y es que tenemos la referencia de saber lo que es ser un hijo(a). Por lo tanto, podemos entender lo que nos demandan los nuestros y ponernos en su lugar, porque ya hemos ocupado ese sitio en nuestras vidas.

Como hijos que fuimos sabemos que necesitamos atención, tiempo, comprensión, tacto… y amor del bueno. En la medida en que más nos acerquemos a nuestros hijos, más información tendremos de su mundo y así no escatimaremos en amor, dedicación y evitaremos hacer juicios erróneos sobre ellos.

El no saber cómo ser padres no nos exime de utilizar lo que sí sabemos como hijos para mejorar siempre la relación con ellos.

¿Qué experimentamos como hijos en el pasado que podemos recordar y aplicar ahora?

  • Siempre necesitábamos respuestas claras a nuestras preguntas (infantiles, preadolescentes, adolescentes y adultas).
  • Preferíamos la verdad, antes que ser tratados como “loquitos” que no se dan cuenta de nada.
  • No nos gustaba que subestimaran nuestra inteligencia porque ponía nuestro amor propio por el piso.
  • Nos encantaba que nos llenaran de halagos cuando hacíamos algo bien y que nos dijeran muchas, pero muchas veces, cuán orgullosos estaban de nosotros.
  • Era fantástico recibir abrazos y muchos amapuches.
  • Éramos felices cuando cumplían las promesas y cuando nos decían que nos amaban.
  • Que cuando había algún problema en casa, una pequeña explicación bastaba para quitarnos la ansiedad y los miedos.
  • Sentimos al recibir un abrazo silencioso, que ahí siempre estaría alguien para protegernos incondicionalmente.
  • Cuán maravilloso era sentir que nos hablaban con sinceridad porque era la forma más directa y clara para entender el mundo de los adultos.

Como padres que somos ahora:

  • Pongamos nuestros pies en sus zapatos. Mucho de lo que ellos sienten y viven son experiencias que nosotros vivimos en el pasado. Utilicemos la habilidad de transportarnos a esos momentos para conseguir las respuestas que necesitamos hoy.
  • Ayudemos a nuestros hijos a expresarse si notamos que se pierden en el diccionario de las emociones. Son pequeños y su velocidad de pensamiento siempre va más de prisa que su velocidad para hablar. Tengamos paciencia para que puedan conseguir en su pequeño mundo las palabras que les permitan expresar sus sentimientos.
  • Miremos a sus ojos cuando les hablemos y no al techo del infinito. Utilicemos sus pupilas como espejos de nuestras respuestas para poder llegarles al alma y permanecer en ella.
  • Cuando estemos cansados, contrariados o con niveles altos de estrés, utilicemos la intuición para ver en el espejo de sus ojos el reflejo de la palabra paciencia.
  • Nunca perdamos la oportunidad de abrazarlos y decirles cuánto los amamos, cuán importantes son para nosotros y lo incalculablemente maravilloso que es compartir la vida juntos.

Siempre pensamos que ser padres puede ser cuesta arriba, pero ¿por qué no utilizar todo el material que tenemos en vivencias como hijos que fuimos y somos para solventar los “problemas” con más amor e inteligencia?

Tenemos la mitad del camino ganado si extrapolamos nuestras propias vivencias a las de ellos porque todos pasamos por las mismas experiencias en línea general, unas cosas más y otras menos, pero con similitudes emocionales que no han cambiado en generaciones.

No tenemos un manual de cómo ser padres, pero todo padre sabe lo que significa ser hijo y cuáles son las necesidades que los nuestros tienen constantemente. Tenemos todo a favor para poder ejercer una maternidad/paternidad con maestría.

Recibe todo lo mejor del universo,

Alejandra Sieder



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