Ser lo que queremos ser

Hace unos días conversaba con una amiga economista sobre la maternidad a tiempo completo y los retos personales que imponía y ella apuntaba que, aunque amaba profundamente ser madre 24/24 lamentaba no tener «aspiraciones profesionales» y solo compartir su día a día con comercio electrónico que llevaba a cabo en su tiempo libre, de manera altamente exitosa y que le permitía (según sus propias palabras) darle a su familia lo mejor de ella.

Días después, me topé nuevamente con la expresión «aspiraciones profesionales» con respecto a un profesional de la medicina que se «conformó» solo con pasar consulta diariamente en un hospital público y no luchó por ser un prestigioso médico en una lujosa clínica privada.

Y me pregunto yo ¿es tan malo realmente carecer de «aspiraciones profesionales»? Carecer no en el aspecto de no desear ser un profesional (lo cual considero lógico) sino en el aspecto de no escalar posiciones y alcanzar éxito económico y renombre, ¿es un problema en realidad?

Me puse a evaluar entonces tanto mis modelos profesionales personales (mi mami) como mi propio camino personal. Me paseé por experiencias de amigos y realicé un trabajo de observación diaria y llegué a una simple conclusión: NO, no es malo carecer de aspiraciones profesionales. Lo que es malo es que la pasión de hacer lo que nos gusta, amamos, soñamos se vea opacada y relegada por las necesidades sociales de reconocimiento y la pesada carga económica.

Mi mamá por ejemplo, se hizo profesional universitario hace 50 años cuando ninguna de las mujeres de su familia lo había hecho y laboró en un hospital público toda su vida y ni un solo día la escuché quejarse. Todo lo contrario, amó cada momento laboral, cada experiencia vivida. No se cansa de apuntar que trabajar directamente con la gente fue su pasión y que eso la hizo sentir plena profesionalmente, más allá del sueldo (que era modesto siendo un ente público) y las condiciones físicas del lugar pero le permitió por el horario algo vital para ella: dedicarle tiempo a sus hijos.

En contraposición, me he topado con historias profesionales altamente exitosas de buenos amigos pero que en esa larga carrera han sacrificado cosas como tiempo en familia o han tenido que alejarse de lo que los llevó a su carrera para limitarse a solo ver de lejos, «dirigir» para ganar más. En algunos de estos casos, he visto tras el velo del éxito cierto sinsabor, tristeza, decepción y hasta el anhelo de poder volver a ser lo que eran… en silencio.

De hecho, ¿es un fracasado un médico que dedique toda su vida a ejercer en una sala de emergencia porque su pasión es estar cerca de la gente? ¿Pierde su vida el pescador que prefiere salir al mar cada día en vez de «progresar» y tener quien lo haga por él? No lo creo realmente porque si mantienen un equilibrio económico haciendo lo que aman, no veo la razón más allá de la presión social para dejarlo y correr tras el  «próximo escalón».

Ciertamente, lo difícil de sobrevivir económicamente ha hecho que muchos renuncien a lo que quieren ser y sean aquello que les permita vivir dignamente. Otros a quienes lo económico no los apremia, sucumben ante la presión social de tener que ascender porque sí y otros, simplemente amarran su autoestima al título y los escalones que este les permita subir.

Sea cual sea el caso, la pasión por ser y hacer algo queda sepultada y dejamos de amar lo que hacemos para solo cumplir y sentirnos exitosos en base a dinero y ascensos. Dejamos de lado la magia de realizarnos como personas en la labor diaria y solo trabajamos y, queramos o no eso termina reflejándose en el producto final.

Como todo en la vida, las decisiones de trabajo deben buscar un equilibrio y quisiera tanto para mí como para el resto que a la hora de escoger un empleo y labor de vida podamos  conservar siempre la pasión que nos mueve, nos convierte en creadores, nos hace mejores personas y permite que le entreguemos al mundo lo más valioso de cada uno.

No importa al final las posiciones escaladas sino lo positivo que generamos para nosotros, nuestra familia y el entorno. Si el saldo definitivo es felicidad y cero cuentas pendientes, nos podremos dar por ascendidos al mejor cargo de todos: ser humano pleno, feliz y consciente.

 



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