Si Dios existe, ¿por qué existe el mal?

Con frecuencia escuchamos este argumento en personas que se declaran racionalmente ateas. Incluso llegan a expresar “Si Dios existe, debe tratarse de un ser muy malo para que pueda permitir que ocurran ciertas cosas”. 

Al expresar estos criterios no se percatan de que están partiendo de premisas o aprioris que no necesariamente van unidas al concepto de Dios. El primer a priori es el concepto de bueno y malo. Criterios relativos y subjetivos y solo válidos dentro del ámbito de la capacidad de la mente de aquél que hace el juicio. 

El otro a priori que se establece es la adjudicación de atributos humanos o personales a esa entidad que denominamos Dios. No solo se elabora el argumento desde la pretensión de que se percibe la totalidad y no solo un aspecto parcial de un suceso, sino que además se concluye que la acción adecuada de la entidad denominada Dios, debe ser específicamente una, la cual debe estar determinada por los parámetros humanos de bondad o maldad, lo cual parte de la inferencia de que Dios tiene atributos de persona y no de, por ejemplo, de energía. 

Es como decir que el agua es buena porque favorece el alimento de las plantas y el fuego malo porque quema, o por el contrario, que el fuego es bueno porque da calor en días fríos y además nos permite cocinar nuestros alimentos y el agua es mala porque el río se salió de su cauce y se ahogaron muchas personas, incluso niños. 

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El agua es simplemente, si se puede decir así, un elemento, incluso neutro aunque puede ser extraordinariamente benéfica, y aunque actúe siéndolo, no por ello le podemos adjudicar una cualidad moral antropomórfica como la del agua buena o agua mala. 

El concepto, idea, imagen o como quiera decirse de Dios es siempre eso, una idea y la “antropomorfizamos” (la hacemos similar a lo humano) adjudicándole atributos humanos desde nuestra diminuta “dimensionalidad”.

Incluso cuando hablamos de Dios como una energía, no pasa de ser un intento vano y desmañado de no pecar de “antropomorfización” de una entidad que escapa a cualquier modelo que lleve inherente lo conceptual y lo dual. Nuestra mente funciona entre parámetros delimitados entre lo dual o las polaridades, arriba/abajo, bello/feo, luz/oscuridad, bueno/malo, etc. e igualmente dentro de un marco de pensamiento que es en base a conceptos. El pensamiento es conceptual, cuando Lo Real no tiene porqué serlo, de hecho, no lo es… Lo conceptual es una traducción a otro código de lo que Realmente Es.

Dios, para empezar, no tiene porqué moverse dentro de criterios tan estrechos y decadentes como bueno y malo, como tampoco dentro de los criterios de alto y bajo, bizco o no bizco, gordo o delgado, y de ojos azules o verdes. Simplemente son atributos que no le competen. Igual que sería absurdo preguntar dónde tiene los ojos el fuego o cual es el color de los ojos del agua. El fuego y el agua no son buenos, ni malos, ni tienen ojos… Dios, tampoco. 

Aún siendo extraordinariamente benéfico y siendo el amor una de sus manifestaciones, la forma de amor que le atribuimos habitualmente es un amor parcial, endeble y circunscrito, es decir humano. 

Siendo el amor de Dios sublime y no dual ni conceptual, no podemos, en nuestro estado habitual de conciencia, tener ni tan siquiera una idea del tipo inconmensurable de amor que Dios profesa.

Misterio de Misterios, que la incognoscible entidad que denominamos Dios se manifieste, entre otras cosas, con amor infinito, y al no ser ese amor “humanizable”, permite que coexistan esos eventos, que en el breve transcurrir de la vida de un humano, llamamos bien y mal.



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