Si ella hubiera…

Si ella hubiera

La soledad se eternizó en sus ojos, hace 20 años que no sabe nada de su esposo –si es que puede seguir teniendo ese calificativo-, una de sus hijas la traicionó, y la que parecía ser el mayor de los dolores de cabeza es ahora su compañera y apoyo fiel. Se trata de una de esas señoras a quienes es imposible calcularles la edad, pero el dolor tiñó sus canas, sus pasos, su voz.

Hace 2 o 3 décadas, en Latinoamérica, cuando se sabía que una mujer era maltratada por su esposo, pocos se atrevían a dar un consejo y casi nadie ponía la denuncia. A esa realidad se le agregó una hija con problemas de adicción y otra llena de una rabia y odio incomprensibles.

Busqué en su rostro verdades y solo conseguí perdones cansados.

¿Si hubiera tomado otro camino? ¿Si se hubiera divorciado? ¿Si hubiera hecho terapia? ¿Si no hubiera sido la mar de la complacencia con todos los que vivían a su alrededor? He entendido que los «hubiera» no existen, pero yo no podía dejar de recrearlos. Es hermoso sentir su capacidad de dar y no guardar rencor, pero su tristeza imposible, me interpeló.

Volteé y me miré, recordé el sufrimiento que parecía eterno y no lo fue, la rabia intensa que ya no está, la ansiedad constante en las relaciones de pareja insanas, que luego de un largo camino para mí, quedó en el más absoluto olvido.

Solo si ella hubiera… pero está allí, así, simple, profunda, hermosa, esperando con paciencia que los días pasen. Con o sin intención, su vida me gritó que tenemos que seguir, que si nos equivocamos cien mil veces, nuestra mujerabilidad está lista para que la ciento un mil acertemos.

Aunque a simple vista es una historia opaca y sin nada interesante, debajo de capas y capas de sinsabores pude detectar un tenue brillo de felicidad cuando dijo: «No la juzgo, sus razones tendrá».

Pasé días con el eco de esa sabia frase dándome vueltas y comprendí que eso es Amar concretamente, desde el dolor, desde la pérdida, desde la ausencia.

Hoy son cada vez más las herramientas y opciones con las que cuenta nuestra mujerabilidad para tomar decisiones y romper con la dinámica del abuso familiar, más temprano que tarde. Ya no es necesario inmolarnos para conseguir el amor eterno, pero historias como ésta nos recuerdan que todavía muchas de nosotras viven en situación de minusvalía y las consecuencias a largo plazo pueden ser tan crudas como la muerte en vida. Está en nosotras no continuar permitiéndolo para poder llegar a esa edad incalculable plenas y sin «hubiera».



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