Sigue la brújula que llevas dentro

Irse del país por primera vez, es una cosa. La segunda, otra muy distinta.

Hace un año, metí mi vida en una maleta de 23 kilos y me fui a probar suerte en Bogotá. Tras 11 meses, tomé la decisión de regresarme a mi país. No fue lo que esperaba y, luego de poner las cosas en una balanza, rehice maletas y volví a casa. No me embargaba una sensación de fracaso. Para nada. Todo lo contrario. Había ganado mucho. Experiencia, fortaleza, seguridad en mí misma, valentía, buenos amigos. Había crecido, tanto como persona como profesional. Y eso me hacia sentir en paz.

Regresé a mi país abierta a cualquier posibilidad. Estaba feliz de estar de vuelta. Pero con los días, comencé a sentirme agobiaba. Hasta el punto de no querer salir. Me sentía ajena. Experimenté la frustración de no conseguir lo básico, el ahogo de la inflación, la desesperanza de ver muy lejos la posibilidad de comprarme un carro o una simple silla para mi casa y la indignación de ver como mi país se hunde en un foso sin salida. Así que con el dolor de mi alma, dije: no más.

Ya había visto la posibilidad de irme a Lima. De manera que esa fue mi opción.

Esta vez no había el miedo a lo desconocido que me embargaba la primera vez. Tampoco la nostalgia por dejarlo todo. Más bien, había en mí una profunda tristeza por sentir que quizás no podré volver.
No hubo tanto preparativos como la primera vez. Medio día bastó para hacer la maleta. Tampoco fueron necesario tantas despedidas. No hubo lágrimas con mi familia. Sí muchos abrazos y buenos deseos. Ya en el aeropuerto, me negaron llevar dos maletas. Y sin conflicto alguno, dejé una en la que premeditadamente había metido lo que uso con menos frecuencia. Algo me decía que había aprendido a desprenderme. De modo que estaba lista para rehacer mi vida. Otra vez.

¿Qué hace diferente esta experiencia? ¿El país? No creo. Si bien la cercanía del mar y el ceviche ayudan a hacer la adaptación más agradable, la diferencia está en que no soy la misma persona. Internamente me siento más segura de mi decisión. Mentalmente estoy consciente de la necesario que era mi partida para conseguir lo que estoy buscando. Y esto se acerca más a lo que yo soy. De no haber pasado por la experiencia anterior, no estaría tan segura de ello. Por eso, no creo que ninguna parada sea tiempo perdido. Al final, todos estamos buscando nuestro lugar. Sólo hay que seguir la brújula que llevas dentro.



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