Sin conexión

Acabo de pasar una semana lejos del computador y el iPhone y muy cerca de la familia y la naturaleza. Fue perfecto. Nada de revisar los emails, actualizarme con noticias ni atender el teléfono. De verdad, fue una experiencia casi liberadora. Cuando me azotaban las ganas de “echar un ojo” me detenía el saber que la permisividad era una trampa, porque si me enganchaba a la red se perdía el objetivo del viaje: un descanso digital.

El año pasado una encuesta de NYT/CBS arrojó que el 40% de las personas revisan emails de trabajo en horarios no laborales y vacaciones, además, una tercera parte dijo no poder vivir sin su computador. En América Latina, la región que lidera el crecimiento en uso de Internet, los brasileros encabezan la lista de horas mensuales de conexión (26,4) seguidos de los mejicanos (25,7) y en Venezuela las personas se conectan en promedio 3 veces al día, casi la mitad desde sus dispositivos móviles.

Hace poco un amigo me dijo que esperaba desarrollar un tercer ojo, sólo que en lugar de tenerlo en la frente para iluminar su consciencia, lo necesita en la coronilla: así podría caminar y revisar su BlackBerry sin tropezarse.

Lo curioso es que la mayoría de las personas reconocen que su vida ha sufrido algún impacto negativo con tanta conectividad, bien sea por estrés, alejamiento de sus familiares o problemas de concentración. Está documentado que el cerebro necesita un tiempo de desconexión para descansar, fijar recuerdos y desarrollar la creatividad.

Lo que me trae de vuelta a las vacaciones unplugged.

Los hábitos digitales se nos han tatuado en la cotidianidad, y es sólo con un esfuerzo consciente que podemos moderarlos para evitar que afecten nuestra calidad de vida. De ninguna manera hablo de darles la espalda (eso me dejaría sin trabajo como editor de Inspirulina.com) sino más bien de practicar un régimen digital: así como cuidamos la alimentación, también deberíamos cuidar el tiempo de conexión.

Claro que no es tan fácil. Apenas terminaron las vacaciones ya estaba de vuelta frente al monitor con deseos de ponerme al día, de responder al instante, de hacer más en menos tiempo.

Pero ahora, cuando la mente se me enrede en la conectividad ilimitada, mi intención es recordar las noches frente a la fogata y bajo los pinos y las estrellas. Porque esa es la conexión más importante.

 



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