Síndrome del nido vacío o la construcción de una vida sana

Mira, la vida se desarrolla en fases. Verás cómo estás de acuerdo conmigo.

Un bebé depende por entero de los adultos, ¿verdad? Verdad, a ser posible su mamá y su papá y sin ellos, no sobreviviría.

Un niño también depende de adultos pero en menor medida, poco a poco va aprendiendo a ser autónomo y más independiente pues de otra manera tampoco sobreviviría en sociedad, ¿cierto? Cierto.

Un adolescente se esfuerza en depender lo menos posible de sus padres o tutores e intenta estirar los lazos que les unen hasta casi romperlos, creando una situación de necesidad económica, pero aislamiento emocional, de ahí los secretos y la famosa “Edad del pavo”, momento en el que la creación de la identidad está más de relieve.

Luego llega la juventud y moderamos esa dependencia intentando encontrar un equilibrio entre la económica/emocional y el establecimiento de las bases de nuestra propia vida, aquí juega un papel fundamental la sociedad en la que se críe, que cambia las normas según el lugar…

Y así, llegamos a la vida adulta, donde la independencia debería ser total, y sin embargo, con frecuencia invertimos el camino andado dando como resultado una dependencia emocional de los padres o figuras de referencia, reforzando esos lazos invisibles justo en el momento en que ya no deberían existir.

Por propia evolución animal, biológica, el desarrollo natural que el ser humano debería trazar si la influencia social no existiera, tendría ese objetivo y esa dirección, pues resulta que lo normal es que cada individuo forme su propia familia y continúe así su camino. La conforme quien la conforme, sean amigos, parejas, parejas en serie, o parejas sin compromiso, el tema es que cada persona debe, en orden a lo que es más sano para ella, construir su vida según sus normas. Y sin que nadie lo coarte, influencie, impida o bloquee. Y esto sería lo ideal, ¿no os parece?

Pero la realidad es que estamos demasiado condicionados por las convenciones sociales, por imágenes creadas a través de distintos medios como la TV, la cultura, la sociedad, la religión, incluso la fantasía, que nos ha ayudado a construir un esquema de familia perfecta en la que se desdibujan los límites y las fronteras, donde todos forman parte de todo y eso incluye opinar, juzgar y cuestionar libremente, confundiendo nuestros derechos con la intromisión, casi siempre consentida.

Esto sucede en ambas direcciones, -repartamos justamente las responsabilidades- porque tanto hijos como padres alimentan ese vínculo como algo bueno, y es aceptado e incluso valorado como natural, deseable a veces, pero otras veces inconsciente y no tan sano.

De hecho, a riesgo de echarme opiniones en contra, debo decir que no es exactamente lo más salubre. La excesiva protección de unos padres o la excesiva dependencia emocional (ya no hablemos económica, aunque creo que sobre esta inconveniencia no hay duda) de un hijo, conlleva en sí misma una ausencia de desarrollo de la capacidad de construir y fortalecer su propia persona lejos de la necesidad de complacer a los que queremos. Que no es lo mismo que con el deseo de hacerles daño, aunque a veces hacer mi propia vida pueda ir en contra de lo que a ti como padre o madre te gustaría. Ir en contra de tus deseos no significa que mis decisiones no sean acertadas, porque lo único acertado es tomarlas coherentemente conmigo misma. Lo que es problemático es la incapacidad de tomar esas mismas decisiones por temor a perder el cariño de los progenitores. O por temor a equivocarme sin su respaldo, en resumen, por miedo a las consecuencias.

Un hijo debe ser tan libre de decidir como un padre debe tener presente la libertad de su hijo a equivocarse si es su deseo, o tomar un camino que pueda parecer erróneo. Lo erróneo es pensar que evitándole una mala elección le ayudamos, cuando la verdadera ayuda es apoyarle en la lección que podrá aprender con ello.

Y os parecerá quizás curioso que hable de esto ahora que estoy a punto de incluir un pequeño miembro en mi recién creada familia y sin embargo, creo que es el momento más importante para hacer este ejercicio, pues no puedo olvidar que mi función como madre, no es educar a mi hijo para que jamás se aleje de mi, si no para que esté perfectamente preparado para afrontar el mundo y ser feliz, no sólo cuando yo ya no esté, si no mucho antes, cuando la evolución sana y natural de la vida, le anime a explorar su camino. Y yo, deberé hacer el trabajo a la inversa, preparándome para que se vacíe el nido, sin poner en entredicho el sentido de mi vida, que nunca debo abandonar si quiero mantenerme sana.

Ser madre es una etapa más de la vida, y desde este punto de vista, no debe ser el único centro de todo si no un motivo más, de entre todos los que debo crearme, para disfrutarla. E intentaré no perder de vista que a cada ser humano le corresponde una aventura en la que yo seré una parte importante, pero no el todo y recuperar así el orden natural de las cosas, pues eso, creo, es la mejor manera de ofrecer a mi hijo la salud que le hará disfrutar por completo de su aventura.



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