Sobre las «malas juntas» de nuestros hijos

Sobre las "malas juntas" de nuestros hijos

Personalmente no creo que exista el amigo o amiga capaz de ejercer una influencia sobrenatural al mejor estilo del Flautista de Hamelín, sobre nuestros hijos, siempre que estos cuenten con un buen bagaje emocional. Somos los padres los principales responsables de lograr que nuestros muchachos y muchachas se conviertan en guardianes de sí mismos lo cual se logra abocándonos hacia una crianza respetuosa, no violenta, democrática y con abundante conexión, altruismo, empatía y compromiso emocional.

Es deseable que los padres aprendamos a respetar y valorar las elecciones que hacen nuestros hijos desde pequeños. Lo lógico es que confiemos en la educación y crianza que hemos impartido. Si ha sido sólida, basada en el respeto, el amor, la confianza y los buenos valores a través del ejemplo, el resultado natural es que ellos cuenten con una estructura emocional igualmente sólida para elegir amigos sanos o no dejarse influenciar por conductas «dañinas» de sus amistades.

Cuando un amigo o amiga de nuestro hijo o hija no nos gusta, conviene evaluar los motivos reales de nuestro rechazo. ¿Se trata de razones que comprometen la seguridad o la salud de nuestro hijo o es mero prejuicio y antipatía? Digo esto porque prohibirles relacionarse con determinados amigos, probablemente sea el camino más fácil para que los hijos nos mientan o inventen triquiñuelas que les permitan continuar con el vínculo a nuestras espaldas. Así que vale la pena evaluar desprejuiciadamente la situación, y en el caso de que la única salida sea la prohibición (relaciones basadas en el abuso, amigo o grupos con conductas delincuenciales, actos vandálicos, violentos, ilegales…) lo recomendable es, en primer lugar, indagar sobre las causas que han conducido a nuestro hijo a vincularse con dichas personas. Si sólo atacamos el síntoma (prohibir el vínculo), y no resolvemos la causa, el problema volverá a manifestarse. Paralelamente es recomendable intentar una aproximación lo más respetuosa posible para dialogar acerca de las razones que nos preocupan sobre la relación, y por supuesto hablar, escuchar, acordar hasta llegar conjuntamente a alternativas de nuevos círculos, actividades y conexiones distintas donde se construyan relaciones sanas y fértiles.

¿Y con Internet como hacemos? Si bien hasta hace menos de dos décadas las esferas de amistades de los hijos se cultivaban únicamente en los predios donde se desenvolvían físicamente, con el advenimiento de Internet y las redes sociales, dichas esferas, además de multiplicarse, trascendieron el contexto físico inmediato. Frente a las relaciones virtuales, podemos elegir orientarnos del mismo modo en que lo hacemos con las reales: a través de presencia, acompañamiento, seguimiento, información, comunicación abierta, acuerdos, respeto, no violencia, confianza… El espacio virtual ha pasado a ser nuestra segunda piel, nos acompaña a todas partes. Se trata de un cambio que no tiene retroceso y con el que hay que aprender a convivir, sacando provecho a las ventajas y cuidándonos de los riesgos que, como toda herramienta o experiencia, trae consigo.

Del mismo modo en que nos ocupamos de enseñar a los hijos que no deben abrir la puerta de la casa a ningún extraño y los educamos sobre cualquier riesgo del mundo real, debemos intervenir cuando se trata de orientar acerca del uso de las nuevas tecnologías en el mundo virtual. En primer lugar estar claros de que a través de la red cualquiera puede hacerse pasar fácilmente por una persona que no es, entender que revelar datos privados como la dirección de la casa, el lugar dónde estudian, donde se encuentran en un determinado momento, montar fotografías, etc., en redes sociales equivale a decirlo en voz alta en medio de la calle frente a muchos desconocidos. Comprender y luego enseñar a nuestros hijos, que en el espacio virtual no se debe hacer lo que tampoco haríamos en el mundo real: si no nos paramos en el vagón del metro lleno de extraños a contar nuestras intimidades en voz alta o a repartir fotografías de nuestro último viaje a la playa, tampoco deberíamos hacerlo en una red social. Es bueno conocer y usar las configuraciones de seguridad para permitir o impedir acceso a nuestra información en redes sociales según sea el grado de confianza o tipo de vínculo que exista con los miembros de la red. También existen múltiples herramientas para ejercer control parental, según sea la edad, sobre la navegación por el ciberespacio a fin de propiciar una experiencia segura para nuestros hijos. Muchas pueden bajarse gratuitamente o ya vienen incorporadas en los diferentes programas o software.



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