¿Somos conscientes de cuánto desoímos a los niños?

¿Somos conscientes de cuánto desoímos a los niños?

No soy muy observadora, tiendo a ir más bien absorta en mis cavilaciones, pero sí que observo bastante a los niños, y cuando los veo con sus padres o adultos cuidadores, observo con más atención. Es francamente impresionante la naturalidad con la que los adultos desoímos a las criaturas. Ellos hablan, expresan sus sentires, necesidades, opiniones, mientras los adultos permanecen en otro planeta, conversando con otros adultos o haciendo sus cosas,  y las voces de los peques se convierten en una especie de ruido de ambiente, un ruido sordo.

Rara vez se interrumpe una conversación entre adultos para mirar al niño y escuchar lo que nos quiere decir con la misma amabilidad y atención que brindaríamos a otro adulto. A menudo, cuando por fin se les atiende, es para mandarlos a callar. Luego nos preguntamos por qué hacen tantos berrinches, o por qué piden todo llorando, o por qué se vuelven demasiado inquietos o agresivos. ¿Podemos dimensionar la sensación de impotencia de cualquier persona cuando casi siempre que intenta comunicarse y ser escuchada recibe por respuesta la indiferencia o la represión?

Tengo la fortuna de compartir con familias orientadas por la crianza respetuosa, y me doy cuenta de  la enorme diferencia en la calidad de comunicación entre niños y adultos. Familias con padres responsivos, atentos, que piden permiso a otro adulto para interrumpir una conversación, escuchar y atender lo que sus peques intentan decir.

Padres que explican en todo momento a sus peques lo que acontece, los hacen partícipes de la toma de decisiones cotidianas, padres que se toman el tiempo para entablar el modo de comunicación activa y lograr en sus peques el deseo de cooperar en lugar de dar sistemáticamente órdenes. Padres que se esfuerzan en dar opciones en lugar de reprimir. Padres que establecen una conexión robusta y se toman el tiempo necesario para acompasarse con el ritmo propio de los peques sin empujarlos. Rara vez he visto a estos pequeñines haciendo un berrinche, y si los hacen es porque han tenido un día difícil, pero les dura muy poco. Niños respetuosos porque se sienten respetados, contenidos, comprendidos, escuchados.

“Cada uno da lo que recibe, luego recibe lo que da”, dice el verso de la canción de Jorge Drexler.



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