Soy imperfecta

Equilibrada, razonable y ponderada son calificativos maravillosos, con los que nos sentimos con la mujerabilidad en su lugar, pero ¿cuántas veces nos salimos del buen camino y sale de nuestro fuero interno lo peor de nosotras mismas?

Y lo más grave, ocurre con quienes más queremos. En estos días he descubierto que el desequilibrio, la rabia y la tribulación ocurren desde esos juicios profundos y arraigados que muchas veces están tan en el fondo de nuestra alma que ni nos acordamos que permanecen allí; cuando se desbordan, como la erupción imprevista de un volcán apagado, me dejan agotada, desconcertada y muy triste.

En medio de mi tristeza, en medio del auto-juicio (y créanme que puedo ser más fuerte que la inquisición) tomé una decisión, solo una: respirar y mover mi cuerpo.

Nadé sin contar las piscinas, medité aunque me costó mucho, y de repente, me percaté de algo tan simple como profundo: soy un ser humano y precisamente por eso cometo errores.

No soy perfecta, no soy siempre equilibrada, hay situaciones dolorosas que todavía no soy capaz de comprender ni de afrontar desde el crecimiento y la espiritualidad que me he forjado durante todos estos años. ¡Sí! Soy IM-perfecta.

El alivio no fue inmediato, pero llegó. La presión en mi pecho y las ganas de irme a la China fueron cediendo; no puedo afirmar que comprendo y soy amorosa frente a eso que me causa tanto dolor, pero asumo el reto, desde mis pocas herramientas, desde mis ganas de seguir creciendo, desde mi absoluta imperfección humana que me llama a tender a Dios, a vivir desde el Amor incondicional.

Solo desde allí siento que puedo pedir disculpas y recomenzar tantas veces como sea necesario para vivir en la armonía y Amor concreto en los que creo con todo mi ser.

 



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