Tan cerca como ayer, un agradecimiento a las redes sociales

Unidos estamos todos por esta súper aldea global totalmente cibernética. Cada día me siento más dependiente de la computadora, del teléfono móvil, del twitter y el Facebook. Lo único que me falta es leer libros por kindle. Eso todavía no lo proceso. Me hace falta el papel  quien sabe hasta cuando.

Atrás quedaron las noticias escritas con máquinas de escribir, y aparatos gigantes de edición. Y más allá quedaron los libretos corregidos a mano y las impresoras grandes en las que había que esperar turno para imprimir la información.

Con ello también se fue la magia entre los compañeros que trabajamos con las uñas para lograr un buen trabajo. La mística era común y la ayuda era mutua entre todos. Reíamos, compartíamos, nos echábamos unos traguitos a escondidas para celebrar el éxito alcanzado. Nadie acusaba a sus compañeros por tan prohibida acción, pues al final y al cabo todos teníamos rabo de paja.

Extraño las cabinas bulliciosas, los abrazos de pasillo, y la adrenalina expedida por los poros cuando el importante acontecimiento se asomaba. La espera del  timbre en la máquina de cable indicaba los sucesos de emergencia, mientras que los audaces de las calles nos hacían llegar todas las exclusivas que pudieran conseguir. Escribir, corriendo a escribir para evitar que la competencia nos arrebatara lo que con tanto esfuerzo se había logrado.

Extraño las constantes ganas de avanzar pese a los obstáculos, ese empuje avasallante que no daba tiempo para detenerse. Unos subían otros bajaban, algunos llegaban mientras otros salían. Era un constante ruido de palabras intercambiando la información.

Todavía siento el susto de la primera vez frente a las cámaras tomando la mano con fuerza de otra compañera escondida debajo de la mesa a quien le había pedido que no me dejara sola porque me desmayaría. Ella pendiente de mí, sostuvo mi mano hasta que terminé mi labor.

No había celos ni envidias, solo ganas de llegar a ser grande como mis héroes de pantalla. Porque habían varios buenos como ella así que el fin era igualar la excelencia.

Marisela en Estudio de grabacionFueron momentos perfectos donde cada uno guardaba una relación con todos lo demás, por lo tanto se hacía muy difícil culpar a nadie por nada. Los regaños del jefe los sufríamos todos, primero porque las paredes eran tan frágiles que filtraban lo que allí se hablaba; pero además, las reprimendas se convertían en lecciones de aprendizaje para continuar mejorando. De esas nadie escapaba.

Extraño todo eso, pero estas redes sociales de las que reniego tanto se han ido encargando poco a poco de los reencuentros. Jamás imaginé expresar mi agradecimiento, al Facebook y al Twitter y a esta computadora por haber logrado reunirme nuevamente con tanta gente querida, responsables en buena parte de mi formación como profesional durante estos 25 años.

 



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