Tan lejos y tan cerca

De niña, para mi la navidad y mi cumpleaños eran los mejores días del año. Además de los regalos y el buen humor de todo el mundo había otra cosa con la que contar: la carta de mi abuela, escrita con letra cursiva, larga y elegantísima. Esto era lo único que conocía de ella pues vivía en un país lejanísimo llamado Canadá.

La constancia de mi abuela generó en mí la suficiente curiosidad como para querer saber más de ella, de imaginármela, de esperar sus cartas, de hacerla parte de mi vida, de mis historias. Con los años aprendí a responder sus cartas, en las que escribía también al resto de la familia. Recuerdo que a partir de las fotos que me enviaba me gustaba imaginar como serían sus días; era un pasatiempo inventar los paisajes canadienses, con su casa canadiense, su comida canadiense, sus amigos canadienses… (creo que ya tienen la idea).

Lo cierto es que este intercambio generó un nexo muy especial no solo con mi abuela sino con mi tía quien también se sumó a nuestros encuentros de papel. Es difícil transmitir lo especial que fue conocerlas, pasamos unas horas increíbles reconociéndonos más allá de la tinta. Aquella oportunidad no fue solo la primera vez que me reuní con mi abuela, también fue la última. Ella volvió a su casa en el norte y eventualmente el ciclo de la vida se cumplió.

Esta anécdota retoma un nuevo significado en mi presente, en el que ahora soy yo la que vive en cuatro estaciones y a más de 14 horas de vuelo de distancia, no de nietos, pero sí de mamá, papá, hermanos, tíos, primos y amigos de los que uno considera familia.

Y es que “el estar lejos de las personas queridas” es una de las respuesta inevitables que da un inmigrante cuando les preguntas sobre lo más difícil de su experiencia. Si bien esto es un hecho, en muchos casos el no saber cómo manejar esta nostalgia puede generar frustraciones que afecten negativamente la adaptación de la persona que se va, entonces  ¿qué hacer para seguir cerca aún en la lejanía?

Esta respuesta debe provenir desde la aceptación de que definitivamente, físicamente en muchas oportunidades ya no estaremos allí. Es decir que nuestro “estar presente” debe transformarse, el reto es salir de lo que conocemos (ir a la fiesta, dar un abrazo, el almuerzo del domingo, etc.) y ver qué es posible dentro de las nuevas circunstancias.

Desde esta perspectiva de lo posible, ¿Qué queremos que  la otra persona sepa? Si tu respuesta va de la mano con dejarles saber que son especiales para ti, entonces te aseguro que tienes un montón de opciones para  acortar las distancias.

La tecnología nos permite hoy vernos y recibir noticias en simultáneo sin importar dónde estés. Pareciera que el “si yo pudiera de dónde estoy, hacerte venir” en la voz de Cheo Feliciano es hoy más posible que nunca.

¿Ejemplos? Bodas y cumpleaños celebrados por Skype, llamadas que no respetan el uso horario con el solo fin de hacerte parte de una ocasión, paquetes, regalos enviados por correo, cualquier detalle es válido. Y es que estos gestos adquieren un valor único con la distancia, así me lo recordaron un querido grupo de amigas que aunque viven en otro país, me hicieron llegar un hermoso ramo el día que nació mi segundo hijo. ¿Entonces? adelante, toma hoy mismo la iniciativa y hazte sentir cerca de ese alguien que, solo físicamente, está lejos de ti.



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