Te veo venir soledad

Con las lágrimas contenidas, los puños muy apretados y la voz quebradiza, fueron contando sus soledades, y aunque esta vez no se trató sólo de nosotras, pude observar lo extraordinaria que es nuestra mujerabilidad expresando emociones.

– No entiendo qué hago aquí, sola, en esta ciudad inhóspita. Vine a hacer realidad lo que siempre he deseado, pero entro y salgo sola, desayuno, almuerzo y ceno sola; todo lo hago sola ¡No lo aguanto! – lloró una de ellas.

– A veces pienso que si me pasa algo, nadie se va a enterar. Esta ciudad me ahoga y la soledad es total. Siento que no le importo a nadie. Lo único que me alegra es saber que vengo aquí a estudiar y podré cumplir mi sueño – expresó otra con voz entrecortada y lágrimas descontroladas.

Una de nosotras, luego de un par de testimonios más, pudo calmar su absoluto desconsuelo y sin parar de llorar, se reclamaba a sí misma: – Yo tenía un nombre, era respetada por mis colegas, no me faltaba nada; lo dejé todo por venirme a realizar mi sueño, pero duermo 4 horas diarias, los jueves ya no me queda dinero y me siento solísima. venir-soledad

Ellos también le reclamaron a la soledad el haberse instalado en sus vidas sin haberle pedido que se apareciera, pero con más pausa, más mente, menos libertad para llorar.

Entonces recordé mi decisión de vivir sola. La tomé cuando descubrí la absoluta necesidad de terminar de encontrar los pedazos que había perdido de mí y exactamente por la misma razón que impulsó a todos los demás: cumplir mi sueño.

En esa terapia grupal improvisada, espontánea y sin guía psicológica profesional, me percaté de que muchas veces tomamos decisiones sin conciencia de las consecuencias. Las escuchaba y me decía –¡pero si están aquí para cumplir sus metas!-. El problema es que nunca pensaron en el precio emocional de salir de su zona de confort.

Pero sufrir o disfrutar las consecuencias, en este caso, la soledad, también es una decisión. Una vez que dejamos de resistirla y la comprendemos como parte del camino para alcanzar las metas, la podemos abrazar y hasta cantarle como Franco De Vita, bailar a su ritmo y verle la parte positiva, pues como dice el Dr. Ciro Gaona, no hay que convertir la queja en un hábito, porque no nos permitirá ser felices aunque tengamos mucho para serlo. «¡Definitivamente, somos los verdaderos arquitectos de nuestro cerebro y también de nuestras vidas!».

 



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