Tengo miedo

Tengo miedo.

Lo siento como una mandíbula desdentada que me muerde el cuello, como un dolor de cabeza que comienza entre los ojos e insiste y me persigue el sueño. Como una sensación que me aprisiona el pecho y me acelera el corazón y me da ganas de llorar. De gritar.

Siento miedo cuando me paso horas en el teléfono viendo cadenas en mayúsculas que claman urgencia, noticias verificadas y recontra confirmadas, análisis concienzudos, catarsis de redes sociales que destilan odio, angustia y desasosiego, lo que dijo mi primo que estaba ahí, los nombres, las fotos, la incertidumbre, los videos furtivos desde la ventana de la casa, desde la callecita desolada, los gritos, el susto, los videos del abuso, de la violencia, de la rabia, de la ira, de los atropellos.

Me da miedo decir que creo en la lucha pacífica porque con la misma boca con que lo digo, sonríe complacida -y asustada- cuando veo a los video de los gochos quemando camiones, autobuses y haciendo retroceder a guardias aterrados. Me da miedo decir que los escraches deben hacer se con inteligencia y no con violencia porque hay mucho radical que puede emplazarme, llamarme blanda, comeflor, abraza chavistas, traidora. Me da miedo decir, también, que no se es malo por haber creído o creer en un proyecto fallido que nos engañó a todos, que con odio no se llega a ningún lado. Pero me da miedo ver a mi primo chavista porque temo que el odio me supere a mi también, temo destilarlo contra él y por eso soy cobarde y lo evito.Me da miedo la violencia y cada vez que leo guerra civil quiero borrarlo de mi mente para que nunca suceda, para que no me carcoma la vida, para que no nos lance a ese abismo bruto de pólvora y sangre. Yo quiero votar, yo quiero elegir en paz, yo lo único que quiero es democracia.

Tengo miedo.

Porque nunca me imaginé que podía vivir en una dictadura, que tendría que chequear bien qué llevo en los bolsillos porque un poco de bicarbonato podría ser considerado un elemento terrorista, porque ahora hay que borrar todo lo que tienes en el teléfono así sea una cadena de oración para debilitar a Maduro. Porque este escrito y mis fotos y lo que denuncio a través de mis redes podría ser usado en mi contra en un tribunal. No en uno civil, en uno militar porque así de abusivo se ha vuelto el poder en mi país. Ya nos somos considerados civiles con derechos humanos, somos todos títeres pequeños de su cruel cadena de mando. Somos números de fallecidos, heridos y privados de libertad. Somos bandos. Somos partes de guerra. Somos el enemigo.

Me da miedo seguir mostrando lo más hermoso de mi país porque hay días en que hasta a mi me cuesta verlo y días en que siento que lo que hago carece de sentido en un país que se desmorona desde el poder. Pero me da mucho más miedo que esa gente que nada a contracorriente e insiste en el país se canse un día y se vaya como tantos. Me da terror que el Arco Minero se lleve millones de años de maravilla geológica y natural por los cachos, me da terror que en Amazonas y el Delta se sigan muriendo los indígenas que deberían vivir serenos en su tierra ancestral para protegerla y mantener sus hermosas tradiciones que son parte fundamental de lo que somos.

Siento miedo cada vez que salgo a la calle, cada vez que voy a buscar comida, cada vez que hay una marcha y tengo que correr asfixiada como una rata a meterme en el estacionamiento de un edificio donde ruego no escuchar el motor de las motos de la represión que convierten en sanduchitos de pánico a cientos de civiles que lo único que queríamos era un Referendo que nos negaron y que ahora nos quieren trampear con una fulana constituyente que se sacaron bajo la manga para tener algo que decir.

Me da miedo la infinita soberbia de este régimen incapaz de escucharnos, de estos malandros con poder que nos disminuyen, nos dicen escuálidos un día, terroristas otro, nos dicen diálogo pero es mentira, nos pisotean con su odio, con su incapacidad, con su negligencia, con su muerte. Con su proyecto que ya está muerto en las urnas electorales, que no trajo respuestas efectivas, que nos dividió y nos trajo hasta este punto de no retorno a punta de miedo, represión y abuso.

Tengo miedo.

Pero mucho más miedo me da cansarme. Miedo me da que esto se enfríe, que dejemos de salir a la calle, que dejemos de exigir nuestros derechos, que nos dejemos someter. Miedo me da reprimir este grito de libertad que se me sube por la garganta cada vez que en una marcha arengamos ¿Quiénes somos? ¡Venezuela! ¿Qué queremos? ¡LIBERTAD! Miedo me da que Almagro no hable más para defendernos. Me da mucho más miedo que nos terminen de pisar con su bota militar, que ya no podamos crecer, progresar ni vivir más aquí. Me da pánico que esta lucha se vaya al carajo porque nos rendimos, porque fuimos cobardes, porque no nos creemos que merecemos un gobierno de gente decente que quiera trabajar para sacar adelante este país. Me da miedo la indiferencia, el sálvese quien pueda y el “tenemos el gobierno que nos merecemos”. Eso sí me da verdadero terror.

Por eso hoy agarro mi miedo, lo paseo en este post, hago catarsis con ustedes y me lo sacudo. Lo guardo en un bolsillo donde me pueda asomar a verlo y saber que sigue conmigo, pero que no me va a paralizar, que lo voy a convertir en impulso, en ímpetu en sensatez y sosiego hasta que ya pueda liberarlo porque se convirtió en pasado y el único miedo sea a volver a sentirlo.

Yo no sé cómo se acaba esto, pero se tiene que acabar y todo lo que en mis manos esté para lograrlo, lo haré.



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