Tocar el respeto

El respeto es uno de los valores que aprendemos de manera errada, resulta que no es algo que se ofrezca para uno mismo, todo lo contrario, es para otros. Empieza con nuestros padres y familia en general, continúa en las escuelas y en cada etapa que vamos experimentando. Pero esto no es lo que verdaderamente lo hace errado.

Lo errado se debe a que es implantado en nosotros utilizando manipulaciones exageradas, basadas todas en el miedo, siguiendo normas, reglas y leyes, lo cual contribuye en la creación de un falso personaje, copia de muchas copias que nos vamos creando, pues nos resulta necesario para pertenecer a los grupos que vamos formando con el tiempo.

Con el falso personaje se afianza una errada idea de vernos separados unos de otros guardándonos supuestamente respeto, a veces mal traducido en distancia, una distancia que hasta nos aparta de nosotros mismos.

De bebés y de niños no tenemos poder de decisión, aun cuando pudiéramos decidir, se nos subestima, se nos ordena y obliga a un sin fin de cosas en contra de nuestra voluntad, no hay nada de respeto en tales conductas, pero somos los adultos quienes estamos enseñando a los pequeños acerca del respeto, no hay más opción que ceñirnos al condicionamiento.

Te descubres que el respeto es sólo un argumento que valoramos para la buena convivencia, el orden establecido y aparente armonía.

Es por ello que un día nos revelamos, ya no queremos ser jamaqueados, besados, abrazados y en la confusión nos perdemos y ni podemos hablar de ello. Por su parte los adultos en completo desconocimiento, repetirán el típico recurso de taparlo con la idea de que la adolescencia es una difícil etapa que todos en efecto dejaremos atrás, incluso si ocurre antes, también pasará.

El perdernos nos hace ir en búsqueda de personas y cosas que nos consuele y merme el dolor, los típicos son: sexo, dinero, amores disfuncionales, etc. Nuestra propia ausencia duele tanto, que aunque busquemos lo que busquemos afuera nada es suficiente, pero fantasearemos a que sabemos lo que hacemos y a respetar ese juego tan injusto que no hemos escogido.

Cuando relaciono la palabra “tocar” con el respeto es porque hasta el tocarnos está lleno de mitos, leyendas, creencias limitantes y más, nos cuidamos de rozar, de ser rozados y cuando nos sucede de forma natural, hasta lo mal interpretamos. Sólo aceptamos que ciertas y determinadas “relaciones especiales” nos toquen y le toquemos, en defensa constante de que no podemos en confiar de todos, en desconocimiento puro de que creer es crear.

El respeto verdadero es darte cuenta de la inocencia con la que erramos al repetir patrones limitantes generación tras generación, aunque a veces con ligeros cambios, pero que en el fondo siguen enfocados en el miedo.

Tocar el respeto es la capacidad de tocarnos hasta sentir fusión con cualquiera (especial o no) y al mismo tiempo sin tocarnos siga siendo esa fusión, nuestro más hermoso sentir, que nada tiene que ver con cuerpos.

Es recordar la impecabilidad que somos, saber que dar y recibir son en verdad lo mismo, es traer el cielo a la tierra y practicar hasta lograrlo, pues somos amor y el miedo no es más que una ilusión de amenaza heredada, de la que podemos liberarnos.



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