Trabajo para no llorar

“Solo le pido a Dios que en este trabajo me den el horario de fines de semanas y feriados, para poder escribir con más calma los artículos de las revistas entre lunes y viernes”. Lo dice convencida de que eso es lo mejor que le puede pasar, porque es lo ideal para no ocuparse de sus tristezas, de sus pérdidas emocionales y materiales.

Su miedo a mirar al dolor a los ojos llega a tanto que la sutileza con la que esquiva hablar de sí misma la lleva a responder con otra pregunta cuando alguien quiere saber cómo se siente.

La tercera vez no se lo permití y, con toda la empatía de la que fui capaz, le pedí que dejara de huir. “Sé que te sientes herida y frustrada, pero si no lo lloras, el dolor se te va a convertir en enfermedad, no podrás comprender el aprendizaje de esa experiencia”.

—¡Eso! ¡El aprendizaje! No quiero andar mirándome en el dolor, quiero comprender qué es lo que quiere Dios que aprenda de todo esto, pero no logro verlo.

Lo dice convencida de que debe ser así, pero la emocionalidad la toma por completo y, como en una contradicción masoquista, se niega a vivirla para no sufrir.

En mi experiencia, cuando no lloramos las tristezas, se van haciendo cada vez más grandes dentro de nosotros. Es como si pasara mucho, mucho tiempo sin llover, y un día amaneciera encapotado: el clima se vuelve pesado, las nubes están cada vez más cargadas y, al atardecer, luego de horas, estalla la tormenta.

El caso es que la tormenta puede llegar a arrasar hasta con lo más preciado de nuestras vidas.

Ante dolores profundos, aparentemente perpetuos, una “salida” que muchas tomamos es la adicción al trabajo. Yo pasé muchos años con esta terrible enfermedad que, aunque no te hace perder el control de los sentidos como las drogas o el alcohol, ni la salud como el cigarrillo (fumar es una enfermedad), ni tus bienes como la ludopatía (adicción al juego), sí nos hace perder relaciones armónicas, amistades, familia y, sobre todo, la felicidad.

Reconozco que cuando el dolor es tan profundo, ha durado tanto tiempo y no encontramos el camino para salir de ese círculo vicioso, pareciera imposible un cambio real. Recuerdo la cantidad infinita de veces que me dijeron que debía trabajar menos, descansar y disfrutar de la vida. Mi reacción inmediata era pensar que estaban todos locos, ¿cómo iba a dejar aquello que me mantenía en pie?

Hasta que en algún momento el dolor venció al ego, lloré todo lo que tenía que llorar, dejé de pretender y busqué ayuda. Fue así como estalló la tormenta y, por muy trillado que suene, luego llegó la calma, y pude muy poco a poco ir comprendiendo y logrando el añorado aprendizaje de las experiencias difíciles de la vida.

Fue así como comenzó la construcción de lo que he llamado mujerabilidad. Dejar la adicción al trabajo no es algo a lo que se le puede colocar un visto bueno y ¡next! Se trata de un esfuerzo continuo para no volver a caer y si lo hago, levantarme de nuevo y abrir los espacios necesarios para disfrutar de la vida. Espero que mi amiga lo esté logrando, porque si algo le sobra a su alma es mujerabilidad, solo le falta creérselo.



Deja tus comentarios aquí: