Tu cerebro bien conectado

Ilustración de José Ovalles ([email protected])

Las emociones son contagiosas. Si vemos que alguien siente alegría, algo de ella aparece en nosotros. Lo mismo sucede con el miedo o la rabia. Y detrás de esa emoción viene un pensamiento y una disposición a la acción. Es natural: nuestro cerebro está configurado para detectar las emociones humanas y actuar en consecuencia. Podemos decir que después del diálogo interno y las historias que nos contamos a nosotros mismos, nada modifica tanto nuestras vidas como la interacción con otras personas.

Ejemplos sobran. ¿Jefes irascibles, parejas amargadas, padres amorosos? Seguro tienes para escoger. Y si bien la manera como actúan tiene un impacto directo en ti, también sus emociones tienen la capacidad de alterarte el ánimo.

Ya es común hablar de empatía para referirnos a la capacidad de sentir las emociones de otros. Y hoy en día los neurocientíficos hablan de la “resonancia empática” para describir la conexión de cerebro a cerebro que establecen dos personas a través de los circuitos primarios que manejan esas emociones. Porque la empatía no es solo un fenómeno psicológico, sino también mental: nuestras neuronas y centros nerviosos están diseñados para captarlas y adecuarse a ellas.

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¿Sabes por qué nos sentimos bien con otra persona? No es simplemente porque sea buena o nos encante como habla, sino porque logramos conectar emocionalmente con ella y llegamos a un nivel donde es posible que ambos seamos más felices, creativos o eficientes a la hora de tomar decisiones. Daniel Goleman explica en su libro Inteligencia Social cómo estos niveles de compenetración (rapport) logran entonarnos hasta un punto en que nuestros ritmos cardíaco y de respiración parecieran bailar un tango.

“En el momento que dos personas se conectan, sus cerebros envían y reciben un caudal de señales que le permiten crear una armonía tácita” escribe Goleman “y si todo fluye de manera correcta, la resonancia se amplifica. Conectar permite que los sentimientos, los pensamientos y las acciones se sincronicen”. Todo esto gracias a las neuronas espejo, cuya función es imitar los actos que vemos en otros, y también, leer sus intenciones y sentimientos.

El lado bueno de todo esto es que nos resulta “naturalmente biológico” contagiarnos del amor de los demás. Pero lo mismo sucede con el odio. Y es que la misma disposición que tenemos para conectar también permite que seamos capturados por el sistema nervioso de otros. Nuestras mentes no son independientes y aisladas, sino como dice Goleman, son permeables, continuamente interactuando como si estuviesen enlazadas por un vínculo invisible que se establece a nivel inconsciente. De esta manera co-creamos nuestra vida en una suerte de matrix con otras personas.

¿Puedes ver a donde nos lleva esto? En una primera instancia, que hay gente que nos cae como un bálsamo y otra nos resulta realmente tóxica. Pero como no podemos aislarnos y en ocasiones tenemos la necesidad de compartir con ellas, vale la pena recordar que no tenemos por qué ser prisioneros de nuestras emociones. Pues si bien estos circuitos están profundamente integrados a nuestro cerebro, no son los únicos. Y para ello existe la conciencia, capaz de regular las emociones y escoger la mejor respuesta para navegar las interacciones personales. Conéctate bien.



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