Tú, ellos y yo

De lo cotidiano puede salir lo más profundo y reflexivo.

Escribo estas palabras desde una cómoda oficina que tengo en mi departamento. Esa que yo más utilizo en un hogar habitado por cuatro. Este espacio que ayuda a no perder las ideas, por el silencio, la ambientación y lo aislado del ruido que podría haber en una de las avenidas más transitadas de Buenos Aires, esa que luce panorámicamente en mi balcón.

Esta habitación tiene un escritorio largo dónde podrían caber tres personas más. Estudiando, riendo, charlando, dibujando o hasta leyendo en silencio. Pero estas cuatro paredes me albergan sólo a mí por ahora.

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Esto me hace pensar en los vaivenes de la convivencia. Aquella que debería ser un comportamiento asertivo y que involucra compartir un área específica y respetar hasta el más mínimo centímetro de ésta. Una disposición que el cuerpo y la mente coordinan para enfocarse en el positivismo de sentirnos acompañados. Entonces, hoy podemos toparnos en cualquier situación de nuestra frenética o estática vida, cómo se nos ha dificultado zafarnos del armazón que construimos y que nos protege de aquel «nosequé» que inventamos para que no nos lastimen, no invadan nuestra privacidad, no conozcan los secretos más oscuros que se esconden tras nuestra mirada o simplemente, esa coraza ficticia o actuada que cuida revelar que tenemos el pelo rizado y no liso como lo lucimos cada día. Esa armadura emocional que nos impide convivir plenamente, pero ¿qué consecuencias trae este accesorio emocional?

Pero la convivencia no sólo se enfoca en las relaciones de pareja, también está presente en los grupos sociales de trabajo, amistad y familia, estos que deben tener ingredientes de: respeto y solidaridad, ambos valores que son imprescindibles para que convivir sea armónico y aún más, posible.Si de parejas se trata, el año pasado en la ciudad de Buenos Aires se extendió casi la misma cantidad de certificados de matrimonio que de convivencia y separaciones. Así, en los últimos 30 años se cuadruplicaron las parejas que conviven. En 1980, los matrimonios eran el 92% de las parejas. En el 2010 bajaron al 69%. El año pasado se casaron en la ciudad 13.086 parejas, a la vez que 10.574 tramitaron sus divorcios. Esto hace pensar en el hecho de que las cifras de unión y desunión se acercan, más de uno podría espantarse. El estar insertados en una sociedad cada vez más individualista, consumista y que le encanta tener menos compromisos, son sólo algunos de los factores que influyen en esta muestra cuantitativa. Ahora se habla de compañero (a) o pareja en lugar de marido, mujer, cónyuge o esposa.

Diversas corrientes sostienen que la conciencia del Yo sólo puede tenerse a partir de la existencia del Otro. En dicha interdependencia social que se produce en la convivencia, la persona se define a sí misma y consciente o no, podemos entorpecerla cuando decidimos vestir aquella armadura emocional.

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Durante la historia de la historia, al hombre y la convivencia se les ha dificultado ser como Pan y Mantequilla, pero es hasta ahora que se ha concluido que muchos de nuestros problemas de salud, están fielmente relacionados con las maneras en que interactuamos y relacionamos con el entorno, sobre todo con el social.

Los problemas de convivencia pueden impactar enormemente la salud física. Algunos estudios demuestran que los inmigrantes tienen un mayor índice de enfermedades cardíacas que los pobladores nativos, una situación que se explica a partir de la ausencia de vínculos de amistad y del apoyo de los familiares. Una mejor convivencia, con lazos sociales estrechos, contribuye al bienestar.Entre los trastornos en la salud y las primeras causas de mortalidad están la violencia y los suicidios, lo que refleja por un lado la pérdida del control ante situaciones de estrés, la falta de tolerancia, la incapacidad de resolver los problemas adecuada y respetuosamente y la disminución o carencia de valores humanos, cada circunstancia ligada a qué tan asertivos estamos en nuestra manera de convivir.

Entonces, mejor invito a mis roomates a tomarnos un té, conversar y mirar hacia afuera de aquel balcón sobre esa avenida transitada de la ciudad que me arropa como inmigrante en su país.

¿Y tú, qué tanto inviertes para convivir plenamente?



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