Un buen dia para recomenzar

La anécdota podría lucir tangencial pero es un punto de partida: una calurosa mañana de abril hace 17 años desperté en la ciudad tailandesa de Ayutthaya y encontré a la gente lanzándose baldazos de agua entre risas. En mi cabeza aquello lucía como un carnaval caraqueño, pero en realidad celebraban el año nuevo budista. Siguiendo la sugerencia de El Quijote «cuando a Roma fueres, haz como vieres» me empapé en la fiesta y encendí un incienso en el templo más cercano.

Para mí corría el año 1995. Pero ellos contaban 543 más, así que juntos celebramos la llegada del 2538. Para hacer las cuentas más enredadas, el dueño del albergue me aclaró que eso era según el calendario tailandés, porque en otros países del sudeste asiático el año nuevo aún no había llegado.

A la hora de contar los días, todo depende de donde lancemos el cero. El calendario hebreo va por 5773 y cambia en septiembre. Los chinos celebran la llegada de un nuevo animal en enero y los mayas nos alertaron con el último día del 13º baktun el pasado 21 de diciembre. Como habrás notado, mi referencia es el calendario gregoriano (que a su vez ha movido el cero en más de una oportunidad para satisfacer a la iglesia y los astrónomos). Por haber sido parido en Europa se convirtió en el estándar mundial, así que en casi todo el mundo nos abrazamos a la medianoche del 31 de diciembre. Eso sí, según el huso horario donde estemos plantados.

¿Hacia dónde me dirijo con este periplo? A nuestra necesidad de manejarnos en ciclos, de meter el tiempo en compartimientos y de darnos siempre la oportunidad de recomenzar. Es nuestra condición humana no soportar muy bien la idea de un tiempo completamente abierto, y además, la naturaleza nos dice de muchas formas que todo nace para luego llegar a su final en una constante transformación.

«Cada día es una pequeña muerte, pero también un renacer» me comentaba hace poco un amigo, filosofando sin más. Si pensamos en lo que ocurre con las células de nuestro cuerpo, ese ciclo se multiplica por millones. Pero si ponemos atención al universo, su dimensión se traga todas nuestras referencias. De una forma u otra todo va cambiando a su propio ritmo, y por lo general, sin darle mucha importancia al calendario.

En estos días, cuando revisamos las cosas que nos han sucedido con más perspectiva y hacemos balances, conviene saber cuáles son las cosas realmente importantes y recordar que todas ellas, de una u otra forma, pasan con el tiempo. Surgen y desaparecen. Así como nosotros mismos. Y eso no es malo, todo lo contrario: es gracias a nuestra conexión con ellas, aunque sea por unos instantes, que logramos disfrutar la vida plenamente.

Y si te fijas bien, esas cosas están allí todo el año. Y puedes recomenzar a disfrutarlas cuando quieras. Todo momento es un buen momento.

Por cierto, y para cerrar el periplo de los viajes y las fechas: hace años disfruté unos carnavales en la isla caribeña de Saba. Corría la última semana de julio, la gente llevaba unos disfraces espectaculares y nadie jugaba con agua, como solíamos hacerlo en mis febreros caraqueños. De nuevo, y siguiendo al Quijote, me lancé a esa fiesta pagana que celebra la loca vitalidad de la vida.

Definitivamente, con esto del significado de los ciclos y las festividades, al igual que nos sucede con los regalos, más que la fecha es la intención la que cuenta.



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