Un regalo para Caracas

Un regalo para Caracas

Es inevitable: los olores nos traen recuerdos. No importa en qué país estemos y qué tan lejos nos encontremos del sitio en donde nacimos. Eso le pasa a Carolina. Se acuerda de Venezuela si percibe el particular olor que tiene la tierra mojada por la lluvia. Y cuando comparte este recuerdo en una videollamada que mantiene con sus amigos, entre los que me cuento, todos coincidimos. 

Vienen a su mente sus caminatas por Sabana Grande y los olores a tequeños recién fritos. Recuerda los golfeados. De repente, otro pensamiento le interrumpe sus recuerdos culinarios. Es algo que siempre le ha llamado la atención, sobre todo desde que se mudó a Perú. Los saludos de los desconocidos. Allá no se dan. Ni los buenos días ni las buenas tardes. Entonces, pareciera que la sonrisa de la gente y esas conversaciones informales que surgen en cualquier rincón venezolano no es algo tan común. Y se extraña. Mucho.

José, desde Estados Unidos, también evoca algo que no ha encontrado en otras ciudades. El verde de los árboles, montañas y colinas de Venezuela. No es igual, dice. Habría entonces que comparar ese color a los de la carta de Pantone y si no hay esta tonalidad habría que patentar el de nuestro país, pienso. 

Por supuesto, nos detenemos a repasar El Ávila. Mis amigos sobre todo. Yo lo estoy viendo desde mi ventana, pero ellos hace años que no lo ven. Entonces,  lo recuerdan, a su modo. Carolina habla de su naturaleza y de sus sonidos. Julia, desde España, evoca su imponencia sobre la Caracas que está libre de smog en las mañanas. Nancy, quien interviene desde Argentina, evoca la paz que le causaba esta formación montañosa, cuando lo veía desde la cocina de su casa.

Y, entonces, Corcho, como le decimos cariñosamente a otro de mis amigos, recuerda que una vez, manejando por una autopista en Miami, vio unas nubes cuyas formas eran exactas al cerro El Ávila. Una jugarreta de la mente, para él. Le ha pasado varias veces, con otros escenarios. Así como a Kika. Ella, incluso, nos confiesa que suele ir a una playa porque le recuerda a los Caracas, a pesar de que allí no haya empanadas, ni guarapitas, ni música. 

Sí, todos son recuerdos de una Venezuela muy lejana, específicamente de una Caracas en la que todos crecimos. Están envueltos con nostalgia, con melancolía. Pero ¿cómo no van a ser así? Pertenecen a nuestra juventud delirante. Al derroche de risas y de madrugadas. A las conversaciones y bailantas infinitas. A la vida sin sombras, sin prejuicios o preocupaciones.

Esta Venezuela que llevamos en el corazón no ha dejado de existir. El Ávila no se ha mudado, tampoco las playas que tiene este país. Los desconocidos se siguen saludando y aunque las quejas, quizá, sean más habituales, los buenos días, las buenas tardes y las sonrisas se intercambian. La gente se ayuda. Porque sí. Porque así somos y seguiremos siendo. 

En la Caracas que yo vivo, el esfuerzo de quien quiere seguir adelante se observa, todos los días. Es palpable cuando amanece y el país calienta sus motores. Cuando abren las santas marías. Cuando se desprende el olor del pan y de cachitos recién horneados. Con cada emprendimiento honesto que surge. En los mercados populares. En un sinfín de sitios  que hacen que Venezuela se mantenga de pie. Sí, este país no se ha borrado del mapa. No lo ha hecho porque sus connacionales, creemos en él.

Mientras la gente siga sonriendo en Venezuela, todo será posible. Mientras sus emigrantes la recuerden, también. La Venezuela posible está ahí, a la vuelta de la esquina. Con ganas de que no le sigan torciendo el destino. Tiene las fuerzas necesarias para surgir. Sus habitantes, aquí y allá, lo harán posible. Lo están construyendo. Y, de un momento a otro, volverá a brillar. Mientras tanto le regalamos este texto a Caracas, en su día.

Imagen de Greg Tovar en Pixabay 



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