Un viaje trascendental

Un viaje trascendental

Cada vez es más la evidencia científica que demuestra cómo la vida intrauterina es esencial para la configuración del carácter, del temperamento y de las formas de identidad y vinculares que ofreceremos al mundo fuera del útero materno.

Antes la medicina creía (y aún algunos lo sostienen) que lo único que pueden hacer las mujeres durante la gestación y para la salud del nonato es comer bien, tomar vitaminas y minerales y hacer ejercicio, pues, desde la mirada convencional y hoy desactualizada, la programación genética se encargaba del resto. Sin embargo, esto no es así.

Para empezar existen, al menos, dos tipos de programación durante la vida intrauterina. Una es la que experimentamos al tiempo que recapitulamos la filogenia, esto es cuando, apenas iniciada la gestación, damos un paseo por todas las etapas evolutivas de las especias.

El embrión del mamífero a medida que va evolucionando va atravesando primero por un embrión semejante a un pez, luego por un embrión semejante a un anfibio, por embrión semejante al de un reptil, luego por un embrión semejante al de un ave, hasta llegar a adquirir las características de un mamífero.

Existen incluso los llamados órganos vestigiales y son aquellos que aún conservamos de nuestros ancestros, al menos algunos de ellos, y que les sirvieron adaptativamente para sobrevivir. Así durante los primeros estadios de la gestación desarrollamos branquias, membranas entre los dedos y algunos tejidos más que perdemos posteriormente en el proceso.

Claro que así como recapitulamos toda la evolución de las especies en unos pocos meses, también recibimos toda la herencia de la programación de respuesta adaptativa que nuestros ancestros desarrollaron como garantía de supervivencia y preservación. Podemos decir que nacemos habiendo revivido millones de años en apenas unas cuantas semanas en el vientre materno.

La otra programación es la referente al factor epigenético que representa la madre en sí misma y su prolongación en el medio, el padre, por ejemplo. Se ha comprobado que el feto cuenta con un sofisticado sistema sensorial y que, además de recibir la información que llega a través de la sangre materna que atraviesa la placenta, también codifica el amplio despliegue de moléculas de información como sustancias químicas, hormonales y factores de crecimiento que influyen y controlan el estado emocional de la madre.

Así, pues, vemos dos fuerzas que son muy poderosas y que ya están en nosotros desde antes de nacer: la herencia evolutiva a través de los programas biológicos de supervivencia y adaptabilidad, y la programación somatosensorial, fisiológica y temperamental que recibimos a través de las experiencias de nuestra madre esencialmente.

Así, el feto configura y calibra sus recursos, que podríamos llamar innatos, y con los que enfrentará el mundo, tras emerger del líquido amniótico. Luego, cual pez fuera del agua, encontrará su seguridad y protección en ambientes similares a los conocidos antes de tomar su primer aliento.



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