Una de bullying

Una de bullying

Desde que tuvo uso de razón hasta que finalizó su adolescencia se sintió fea. Cada mañana al llegar al colegio era el centro de las burlas de un compañerito que era capaz de ponerle los sobrenombres más desagradables y ocurrentes. Esto, aunado a la ausencia de papá, la entristecía, pero gracias a su alegría innata lograba vivir días felices.

La perla ocurrió un día cualquiera en el que el niño más lindo del salón de clases se le acercó y frente a todos le dijo:

—¿Quieres empatarte conmigo? —Lo que significaba ser su novia

Ella quedó atónita, pensó por un momento en negarse, pero la sola ilusión de ser tomada en cuenta por un él la impulsó a aceptar.

—Sí —respondió con una timidez que no la caracterizaba, aterrada de lo que estaba ocurriendo.

—¡Pues yo NO! —dijo él sin parar de reír, a lo que se sumaron las risas de todos los presentes.

Esto ocurrió hace más de 40 años, cuando nadie pensaba en que este tipo de situaciones podrían tener consecuencias en la psicología de los niños, y mucho menos existía el concepto de bullying.

Hace unos días, gracias a una de las experiencias más gratas de la vida —reencontrarme por Whatsapp con los más de 60 compañeros del colegio—, recordé el episodio, y al comenzar a contarlo como una anécdota divertida más, reviví aquel instante que el tiempo hizo que se alojara en lo más profundo de mi inconsciente.

A medida que escribía, a mi emoción de hoy llegaron las sensaciones de angustia y rabia que una niña de nueve o diez años puede tener ante una broma así. Algo estaba sanando en ese instante, cuatro décadas más tarde.

No había perdonado a aquel niño, en quien se resumieron las burlas y el desprecio que mi débil autoestima de aquel entonces era incapaz de manejar. Y llegó el momento de hacerlo.

Durante muchos años, gracias a psicólogos, terapeutas, procesos espirituales y muchas ganas de ser feliz, fui perdonando a cada ser con quien sentía había vivido situaciones de dolor. Todos y cada uno de esos perdones me llevaron a construir lo que soy hoy, pero faltaba este, pequeño y aparentemente inofensivo.

Escribirlo en ese chat, y ahora en Mujerabilidad, me conecta con aquella niña —orgullosa de sus seis rimbombantes nombres— que buscaba con demasiadas ganas a un papá que llegó tarde, de quien terminó de perdonar sus ausencias luego de su ida al cielo.

Hoy me perdono por haber permitido que esos bullyings se quedaran haciendo de las suyas en lo profundo de mi ser, sin darme cuenta… Recorro mi vida, mis angustias, mis aciertos, mis sueños que hoy son realidad, y agradezco poder sentirme niña de nuevo… esta vez con la autoestima bien puesta y siempre abierta a reírme de mí.



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