Una escuela de conocimiento

Una escuela de conocimiento

El término escuela viene del griego scholé, que curiosamente quiere decir ocio o tranquilidad. De esta primera acepción derivó hacia: lo que realmente merece la pena hacerse, y en el contexto en el cual pretendemos usarlo en este escrito. Esta acepción etimológica del término nos viene como anillo al dedo, pues una escuela de sabiduría es precisamente el lugar o la situación donde se aprende a hacer, de manera voluntaria y colaborativa, aquellas actividades que se consideran las más convenientes o importantes en la vida.

Hay que recordar que una escuela es un espacio de conocimiento, y/o una situación o tiempo de encuentro con otra manera de aprehender lo cotidiano.

Se hace necesario romper con los clichés pseudo mágicos que rodean lo que en la vida cotidiana pensamos que es una escuela de conocimiento. Un centro de conocimiento no tiene porqué llenar nuestras creencias predeterminadas y condicionadas de lo que una escuela debe o tiene que ser.

Las palabras están prontas para el que las quiera escuchar, pero a cada uno de acuerdo a su requerimiento, nivel y necesidad. No siempre lo que se pregunta tiene sentido como para recibir una respuesta apropiada, el nivel de ignorancia en el que nos movemos habitualmente ni siquiera nos permite hacer preguntas apropiadas y mucho menos recibir respuestas entendibles.

El conocimiento va más allá de la percepción, del pensamiento lógico habitual y de nuestras creencias más arraigadas. De allí la dificultad de trasmitirlo. Conocer no solo implica razonar ni entender, es entrar en otro ámbito que trasciende el razonamiento cotidiano. Es otro paradigma o más bien es un trascender los paradigmas y esto no se puede explicar con palabras.

Lo que realmente somos no puede ser afectado ni cambiado en absoluto por lo que pensamos. Pero lo que pensamos es una consecuencia directa de lo que percibimos.

Por otra parte, lo que percibimos es una consecuencia de lo que pensamos. Este bucle de retroalimentación pre-programado no permite aprehender otra forma diferente de captar lo real. Pensamientos y percepciones son, en su mayor medida, producto de condicionamientos, prejuicios, programaciones y falsos aprendizajes.

Ni siquiera conocemos qué es ser libres. Llamamos libertad al pseudo derecho a repetir de manera inconsciente, reiterada y predecible todos nuestros condicionamientos. Una escuela des-condiciona, es decir, enseña realmente a ser libres, a tener capacidad de elección real.

Salir solos de este engaño es prácticamente imposible, ya que el razonamiento lógico deductivo y las percepciones, se reconfirman mutuamente de manera permanente, automática e inconsciente.

Es por ello que se necesitan escuelas de conocimiento, pues para superar el paradigma auto reconfirmado y auto «reconfirmante» se requiere de una voz que esté fuera de dicho paradigma, es decir que haya roto el condicionamiento, de manera total o por lo menos parcialmente.

Aun así es una larga y difícil labor, pues progresivamente y de acuerdo a cada cual, hay que desmontar, borrar y deshacer nuestras creencias más queridas y nuestras verdades aparentemente más absolutas. Percepciones, moral, creencias y falsos aprendizajes sobre lo que es y lo que somos, deben ser des-hechas y re-hechas. Hacer esto sin escuela y sin trabajo es una labor imposible.

Las palabras dejan de ser suficientes después de algún tiempo y se hace necesario el HACER. Lo que se requiere hacer es diferente para cada uno y dado que es un rompimiento de paradigmas implica un cambio de un nivel tal que estremece las bases más hondas del pretendiente. Hay que estar preparado para hacer lo que no es imaginable o no se piensa relacionado o lo que se cree innecesario.

El conocimiento no se puede percibir en quién lo tiene sino por otro que también lo tenga. El conocimiento aprehende lo real de una nueva forma, trasciende lo cotidiano y se eleva a lo sublime.

Pretender aproximarse a conocer es una manera de vivir, no es un deseo o un eventual intento o una fugaz y transitoria emoción. Se requiere fuerza y motivación y ello sólo puede venir de un atisbo interior de trascendencia, más allá de los conceptos y las palabras.

La humildad es un requisito indispensable. Si ya se cree tener todas las respuestas no se necesita una escuela, pues no se está en condiciones de beneficiarse de ella.

Su guía puede estar frente a usted. Y puede no verlo, esté atento. Un guía mostrará solamente lo que usted puede ver, no porque él lo quiera así, sino porque aunque le muestra y le enseña más, usted aún no lo ve, no lo comprende, no lo acepta o le parece innecesario. El nivel lo da el alumno o pretendiente, el guía debe saber adaptarse a él y «no empujar el río».

Por último, trabajar para poder trascender la percepción y el pensamiento dual y conceptual habitual, requiere diferentes niveles de acción, cada uno en su momento, sólo o en combinación con otros. En una escuela surgirán espontáneamente el o los niveles necesarios a trabajar.

El resultado es un conocer sin conceptos y sin dualidad. La trascendencia (producto del pensamiento y la percepción corregida) es no dual y no conceptual. Es, en principio contactar y más tarde permanecer en el estado primordial de la mente, nuestra esencia real.

Las áreas de trabajo son: conocerse a sí mismo, la atención, los pensamientos y nuestros pensamientos, las emociones y nuestras emociones, los cuerpos y nuestro cuerpo, la energía y nuestra energía, lo que damos y lo que recibimos.

No somos singulares, somos una Singularidad.



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