Una vía

Antes de visitar el Perú e ir a Nazca llegué a Quito, Ecuador con la idea al principio de quedarme allá, pero el viaje dio un giro y cambió completamente, decidí escoger una vía, la carretera panamericana entre dos países. Esta es la continuación de mi viaje.

Una vía

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En Ecuador, con poco presupuesto, ni imaginaba que iba a pasar por el Perú. Llegué a Quito a eso de las ocho de la noche y al salir de migración, ya en la entrada principal del aeropuerto, centenares de personas esperaban a sus familiares de regreso. La escena fue un tanto nueva para mí, parecía un carnaval de ruanas, trajes típicos, sombreros, suéteres de lana, alpargatas con cintas entrelazadas de distintos colores y rostros mostrando fuertes rasgos indígenas. Mientras más bajas por Suramérica, específicamente por Perú, Ecuador y Bolivia empiezas a ver rasgos físicos muy indígenas, es simplemente gratificante ver que todavía no se ha perdido esa identidad del suramericano que muchos no aprecian o simplemente desconocen. Salí del aeropuerto a pedir un taxi para una parada de buses. Al salir del aeropuerto un ventarrón de aire frío me golpeó la cara y tras unos cinco minutos regateando el precio del taxi –que terminó siendo de 8 dólares hasta la avenida Colón 9 de octubre la cual está cerca de la avenida Amazonas, una zona muy turística en Ecuador donde están todos los hostales y establecimientos de comida popular–ya sentía ese característico dolor en el tabique cuando respiras aire frío y no estás acostumbrado a él. Pero no quería quedarme en Quito, aunque tenía planeado pasar unos días en la capital ecuatoriana. Primero quería pasar por Guayaquil así que decidí enrutarme, esa misma noche, si fuese posible, en un bus a Guayaquil.

Por suerte conseguí un puesto en el último bus que partía a las doce de la noche por unos 14 dólares. Compré el ticket y me dediqué a esperar en una sala de unos diez metros cuadrados llena más de perros que de personas. Recuerdo ser la única persona que parecía ser de otro lugar. Me miraban como si estuviese perdido en el tiempo, algunos me preguntaban la hora en un inglés muy arcaico o sólo me hacían señas como tratando de darse a entender. El viaje es de doce horas, no fue cómodo pero sí gratificante, hablando con los locales escuchando su jerga tan peculiar y ellos riéndose de mi acento de caraqueño.

una-viaTras doce horas de viaje llegué formalmente a Guayaquil en la mañana. El autobús te deja justo al frente del aeropuerto internacional y del otro lado de la avenida, hay un hostal llamado Puesta de sol que por 15 dólares consigues una habitación decente para pasar la noche. El transporte en Guayaquil tiene sus dos caras: puedes recorrer Guayaquil con cierta seguridad usando la metro vía que es muy turística o puedes escoger la segunda, que es recorrer la ciudad en transporte público. La diferencia es muy grande en todos los sentidos, el autobús público cuesta 25 centavos pero es sumamente peligroso, yo no lo sabía, y creo que corrí con suerte. En parte porque no hablé, sólo me subí al bus como un viajero sin rumbo, con un poco de dinero en el bolsillo y mi pasaporte escondido en el interior. Pero un acento distinto o una pregunta evidente bastan para que te coman vivo. No lo recomiendo, pero debo decir que fue interesante, pues muestra tal como es la vida cotidiana en la zona.

Ese día fui al aeropuerto para averiguar precios a las islas Galápagos. Tenía esas islas entre ceja y ceja y, por ser buzo, sabía que era un paraíso en Ecuador. El hecho es que para turistas la entrada a las islas son 100 dólares por ser parque nacional así que descarté la idea de bucear y poder ver aquellas tortugas. Pero cuando viajas sin rumbo pues tienes que estar acostumbrado a las decepciones, y no siempre éstas terminan siendo desagradables o desalentadoras, pues te abren puertas y te muestran nuevas ideas y destinos.

La moneda que decidió el viaje

Tenía dos opciones: quedarme unos días en Guayaquil, regresar a Quito y pasar el resto del viaje allá o, simplemente, aventurarme a una locura, y digo locura porque no tenía muchas opciones debido a mi presupuesto. Fui a una parada de bus a unas dos cuadras del aeropuerto llamada Ormeño, una empresa de transporte que opera prácticamente en toda Sur América desde Venezuela hasta Argentina. Así que pregunté por algunos precios. Por lo general los que usan esa empresa son personas de muy bajos recursos para visitar a familiares en el interior y exterior del país. Ya con los precios en mi mente salí al porche del establecimiento con una indecisión casi aterradora de no saber qué hacer. Pero tomé una decisión que tal vez, en un principio, parecía estúpida pero que a la larga fue la culpable de que esté escribiendo esto, de un libro, de mi primera exposición fotográfica y la que me encarriló de una u otra manera a la vocación a la cual me quiero dedicar.

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¿Cara o sello? Suena simple y es simple pero porque ahora lo pienso. Sin saber qué hacer me dije a mí mismo “si me pongo a analizar todo lo que concierne un viaje pues pasaré día y noche acá, sentado, sin hacer nada. Así que hagámoslo fácil”. Tomé de mi pantalón una moneda y dije “cara Ecuador, sello Perú en autobús”. Recuerdo que al lado mío estaba un grupo de obreros tomando refrescos y comiendo pan de yuca con yogurt, me miraban como un loco ya que mientras hablaba conmigo mismo me paseaba de un lado al otro con la moneda en una mano y la otra en la quijada. Lancé la moneda, la atrapé y la puse en contra de mí otra mano. Sello fue el resultado y en el momento me sentí un poco nervioso porque irme a otro país pues implicaba más gastos y quizás más tiempo, pero prometí cumplir lo que la moneda dictara. Tras poner la moneda, que aún conservo conmigo, en el bolsillo entré a la oficina y compré mi pasaje por 70 dólares al Perú. En tres semanas terminé recorriendo 2800 kilómetros por Ecuador y Perú para luego irme un mes a Costa Rica en un viaje de surf en donde la moneda y cuatro amigos jugaron un papel principal en la decisiones que tomamos, no necesariamente correctas en algunos casos, pero sí un tanto divertidas. Continuará…

 



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