Una visión sin juicios

Si distinguimos lo bueno de lo malo, es una decisión sana de nuestra mente, pero no la visión de nuestro espíritu. Nos lleva al orden, pero no a la paz.

Por eso es que la vida espiritual no depende de una actitud mental. Pero la mente puede ser la primera interferencia, por eso es que necesitamos trascenderla antes que todo.

La vida espiritual es una vida más de sensaciones y de acción, que de pensamiento. De sensaciones, porque allí es donde podemos tener la experiencia más cercana a Dios, en la paz, en el gozo. Y de acción, porque es en el mundo donde podemos ofrecer los frutos de esa experiencia.

Primero la encuentro en mí y luego la ofrezco al mundo. En lo que digo, en lo hago y también en lo que pienso. Ya que no solamente aporto con mis acciones visibles, perceptibles por los demás, sino también por los juicios o la ausencia de ellos, sobre todo lo que me rodea.

Una vida puramente mental nos puede llevar a sustituir la acción por pensamientos amorosos o positivos, pero en realidad, no estamos ofreciendo demasiado. Porque en los pensamientos no podremos nunca contactar la grandeza de nuestro espíritu, que vive en el acto de amar, no en el amor en sí.



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