Vida en pareja, porque estamos juntos pero no revueltos

Vivir en pareja siempre es el sueño de muchos y es una de las cosas más emocionantes que ocurren dentro de una relación estable, pues se da cuando ambos sujetos han llegado a un punto de equilibrio, madurez y compenetración mutua que hace posible llevar a cabo tan importante decisión. Y es que decidir compartir desde el control de la tele hasta la cama, usualmente es un acto que requiere no solo las ganas, sino también mucho compromiso para aprender a convivir con todo lo que ello conlleva.

Sin embargo, a veces la pasión y los bríos que causa estar enamorado de alguien llevan a tomar tal decisión de la noche a la mañana, sin antes pensar en todo lo que como pareja espera una vez estando juntos y bajo el mismo techo. Y es que vivir en pareja es un acto que incluye muchos factores. Es un acuerdo mutuo para aprender a convivir, no solo con las cualidades del otro sino también con sus mañas, costumbres y defectos –que son susceptibles de corregir y de erradicar- pues el combo es completo. Combo que muchas veces agarra a algunos incautos desprevenidos, pues toda la atención está volcada en la emoción que provoca el compartir la cama 24/7, porque siendo honestos, al experimentar la emoción de vivir con alguien, lo primero que se viene a la mente son las interminables noches de placer que aguardan, pues no hay nada mejor que tener un lugar propio para chocar el chasis. No obstante, cuando se calma un poco la pasión y hasta el sexo y la emoción que causaba al inicio se vuelve una rutina ¿qué es lo que pasa?

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Muchas parejas durante los primeros meses de vivir juntos, por lo único que se ven empapadas –aparte del sudor bajo las sábanas, la ducha y otros fluidos– es por el júbilo que provoca compartir el mismo techo con la persona amada: ese compañero o compañera de vida que no solo es la pareja sentimental sino un(a) gran [email protected] que nos da su apoyo, soporte y confianza de manera incondicional –bueno, pensando en una relación ideal– por lo que todo parece marchar de la mejor manera y hay un aparente “orden” que con el paso del tiempo, pareciera irse borrando para desenmascarar el verdadero rostro de la situación y todas aquellas cosas que jamás hicimos antes para no quedar mal; cosas que muchas veces son más que nada malos hábitos: calzones y calcetines sucios fuera del cesto, objetos que no regresan a su lugar y otras situaciones más serias cómo la división de gastos –un lastre cuando se trata de alguien muy marro-, la limpieza del hogar –el coco del flojo o floja que hasta ahora desconocíamos, vivía dentro de nuestra pareja-  y esos momentos en donde se añora el espacio personal del que antes se era propietario.

Es entonces cuando doña Rutina comienza a tocar a la puerta; una desagradable visitante que usualmente viene acompañada de Conflicto y Desorden, quienes si no se es lo suficientemente apto y capaz para tener bajo control, terminarán por arruinar lo que al inicio era algo lleno de encanto y pasión desbordante.

¿Pero cómo aparece la rutina? Como seres humanos, a la larga nos terminamos acostumbrando a ciertos modelos, patrones y acciones que al inicio nos causaban sorpresa en nuestra pareja o con las que nosotros la sorprendíamos. Esto es porque desde pequeños aprendemos que lo que vivimos es lo normal, de tal manera que solo nos impacta aquello que es diferente. Por ejemplo, si nuestra pareja es detallista, las primeras veces eso nos sorprende y nos gusta, pero con el tiempo los detalles continúan y entonces ya se vuelve algo normal, y se le pierde un poco el valor, pues es un gesto que cae en la costumbre.

Conozco muchas parejas que ante los primeros problemas –sin mencionar ya un cúmulo de aburrimiento y desinterés- se abruman, pierden la cabeza y deciden tirar todo por la borda y creo que eso se debe principalmente a los tiempos en los que hoy vivimos, que han afectado seriamente nuestra forma de comunicarnos y relacionarnos con los demás, y en el caso de la pareja, han hecho que el diálogo y la correcta solución de conflictos sean algo más complejo de lo que en realidad es. Es de esa manera que al enviciarnos en un ciclo rutinario, comenzamos a dar por supuestos esos momentos de satisfacción que aporta el otro a nuestra vida cotidiana, y así se cae en la pérdida del interés por el otro, pues como humanos siempre nos intriga y nos emociona lo nuevo, lo diferente… lo que no aburre.

Y es que hay algo muy importante que debemos entender: cuando la excitación y el exceso de pasión se nivelan, viene el verdadero trabajo de la pareja que consiste en desenmascarar al amor sincero, el cual se va descubriendo con la convivencia fuera de la cama, en donde usualmente todo es ideal, bonito y sabroso, pero fuera de ella está el verdadero reto, ya que mucha gente piensa que vivir en pareja significa aceptar por completo al otro con todo y sus defectos cuando en realidad no es totalmente es cierto y les voy a decir por qué.

Cuando uno acepta compartir la vida con el otro, es verdad que ambos deben poner de su parte para aceptarse mutuamente con defectos y mañas, pero eso no significa, como ya mencioné antes, que no puedan corregirse, pues la pareja no solo está para compartir, también lo está para reeducarse mutuamente ya que ahora la situación no puede seguir siendo una cuestión individual; se debe crear una personalidad en pareja, misma que se va puliendo y construyendo al haber educación y enseñanzas dentro el vínculo. Es como fusionar ambas personalidades para dar lugar a la creación de una sola que es la que usamos al estar en pareja, sin dejar de lado la propia  que rige nuestra individualidad como seres.

Con todo lo anterior, vemos que ahora en vez de decir, es “tuyo o “mío”, también es posible decir “nuestro” y que rico ¿no? Porque lo mejor de la vida siempre sabe más sabroso cuando se comparte. Muuuuua.



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