Vigilar

Permanecer vigilantes, es la doctrina que consagran muchas espiritualidades sobre el advenimiento de la gracia, sobre el retorno del poder de DIOS, cualquiera sea su visión de él. Vigilar es estar atento a los detalles, firme en la observación y cautos en la acción. La vigilancia implica no solo ver hacia afuera, sino monitorizar igualmente hacia adentro, para detectar tendencias contrarias que puedan comprometer la capacidad de respuesta y supervivencia del ser humano.

Vigilar es tener la virtud para ver el panorama completo, las relaciones que se establecen entre tu “adentro” y el “afuera”, el flujo de energía que se nutre de tu voluntad interior y las posibilidades de tu “perímetro”; un ejercicio de conexión infinita donde el “todo” se vuelve uno y uno se vuelve “todo”. Negarte la posibilidad de reconocerte como parte de la realidad, de la sintonía universal, es aislarte de los retos y desafíos que están esperando para liberar tu potencial, ese que hace falta para concretar la obra que muchos esperan y de la cual hoy se empieza a escribir una historia.

Estar vigilantes es explorar con la imaginación y la razón las posibilidades que tenemos para ser otros distintos, reconocer esa fractura espiritual que tenemos y que nos genera una parálisis sobre nuestros talentos. Ser vigilantes es jamás dejar de estar en movimiento, leyendo, conociendo, preguntando, explorando y construyendo, esto es, entender que la vida es inestable, incierta e inesperada y por lo tanto, nada se asume por hecho; es decir sólo existen respuestas parciales sobre un futuro que se construye desde la inevitabilidad de la falla.

El que vigila debe mantenerse sano y activo, cultivar la sabiduría y la ciencia, es un ejemplo para los de su estirpe y sobre manera es un referente de perseverancia y virtud. El camino de la vigilancia es un camino pedregoso, traicionero, esquivo e incierto, pues te exige salir de lo conocido para explorar y detectar lo inesperado y lo ambiguo, la ruta que sólo los valientes en el espíritu, son capaces de transitar y superar; un acto de fe madura que configura la luz de su corazón según los deseos del “eterno”.

Ser vigilantes implica tener disciplina, dominio de si y sobremanera confianza en lo invisible, allí donde la gracia de lo eterno cosecha donde no siembra, demanda donde no ha invertido y exige donde no ha participado. Un estado de meditación interior que ofrece el “ciento por uno” para todos aquellos que superan la inestabilidad de la realidad exterior y logran conectarse con la esencia de la libertad de los hijos del infinito, esos que han recibido el bautismo de la fe y la doctrina del amor.

Vigilar es velar, es ser luz de forma permanente en cada acción de la vida; un cirio de esperanza donde solo hay desesperación, un faro en la distancia que anuncia un nuevo puerto de llegada, una melodía inédita que descubre nuevos sentimientos en el corazón, un oasis en medio del desierto de nuestras ausencias y cobardías. En pocas palabras, velar es la víspera del renacimiento interior que rompe con el pasado, renovando el presente, para anticipar el futuro.

 



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