Vipassana: la mejor crema antiarrugas

Vipassana: la mejor crema antiarrugas

Siempre me he preguntado: pero si este cuerpo desaparece, ¿no desaparece también con él todo lo que yo soy?, ¿su extinción no se lleva cualquier posibilidad de mi existencia? La respuesta es no. Porque la energía que lo habita, tiene sensaciones en sí misma. Sensaciones sutiles que no necesitan de este cuerpo para ser. Esto me lo enseñó la meditación Vipassana. Hay tanto que aprender en el simple hecho de sentir.

Practicando el arte del sentir, te das cuenta de que hay en tu cuerpo sensaciones muy burdas pero las hay también muy sutiles. Casi se siente la sensación de no sentir -si es que vale esta paradoja-. Al principio era imposible, por ejemplo, sentir mis brazos desde el hombro hasta el codo, como si no existiese esa parte de mi cuerpo. Incomodísimo, sentir mis piernas, me causaba como una excitación repugnante. En el estómago: fuego, acidez, gases, tantos hoyos negros allí. Sentir mi cara era como la mejor crema antiarrugas. Cada poro se iba suavizando. Notaba mi labio superior esponjarse, el contorno de mis ojos descontraerse, los ojos acuosos suavizarse, mis sienes expandirse… y todo lo sentía con tanta nitidez. Mis manos vibraban con electricidad casi  auditiva.

Eso de “dejar la mente en blanco”, que siempre viene al caso cuando se habla de meditar, no lo entiendo aún. En todos los años que llevo practicando la meditación, no he logrado comprender de dónde sacaron esa metáfora de la mente en blanco. La mente se calma, sí, observa, se silencia, pero el blanco ese nunca lo he visto. Ya les hablé en una entrada anterior de que el trabajo en Vipassana es volverse diestro en el arte de es sentir sin ponerse a pensar en ello. Sin embargo, parece como si hubiese una conexión directa entre las sensaciones y la mente ya que, ante cada sensación alguna imagen emergía siempre en la pantalla de mi mente. Como si en el espacio vacío de cada poro hubiese una memoria que se libera cuando me dejo sentirla. No entraré en especulaciones diciéndoles que viajé a otras vidas (¿o sí?) pues no quisiera sugestionar la experiencia de nadie. Me conformaré con contarles que, haciendo el trabajo de sentir nítidamente, diligentemente, concentradamente, vorazmente, agudamente, todo este cuerpo que habito, quedaron desatados (y no sin un trabajo ¡arduo! de afrontar y aceptar) varios nudos que traía desde no sé hace cuántos años o cuántas vidas.

Cuando comprendí el trabajo, cuando la idea de alcanzar el estado de Budda se instaló en mi corazón, cuando llegar a la causa última de todos los efectos y permanecer allí -atenta y ecuánime- fue una posibilidad para la que podría ponerme a trabajar hasta el último de mis días, me sentí abrumada. ¡Hay mucho trabajo! Entonces decidí: haré mi mejor esfuerzo y si no me alcanza esta vida para lograrlo, al menos avanzaré bastante mi trabajo. Siguiendo el camino correcto y practicando la meditación Vipassana.

Entonces ¿piensas más de lo que sientes? ¡Revierte el proceso! Déjate sentir, no huyas, no cubras, no dopes, no divagues, no pienses: siente. Deja que tus sensaciones hablen por sí mismas y, cuando estés decidido, te invito a que pruebes la meditación Vipassana y me cuentes, ¿cómo te fue? Estaré feliz de escuchar tus comentarios.



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