Wabi-sabi o la belleza de la imperfección

Wabi-sabi o la belleza de la imperfección

Desde hace más de 25 años me acompaña una taza en la cual me sirvo el café de la mañana y tomo mi cerveza al final del día. Para mí representa un hecho especial hacerlo en esa vieja taza porque el café no sabe igual en otra, creo que guarda experiencia y sabiduría.

Si nos apegamos al concepto occidental de belleza y perfección, mi taza no tendría cabida, y tal vez no existiría desde hace años. Su asa está rota, sus colores están más tenues, su blanco ya no lo es tanto y varias son las grietas que recorren su cuerpo. A pesar y gracias a ello, mi taza es la más hermosa de todas, mi taza tiene wabi-sabi.

Este término japonés, desarrollado a partir de la filosofía estética de cha-no-yu (la ceremonia del té) en el Japón del siglo XV, no tiene una traducción exacta y, de hecho, los mismos japoneses la consideran indefinible. Lo cierto es que está presente en esta cultura desde hace siglos. Un acercamiento posible puede ser “la belleza y elegancia inmersa en lo simple, en lo humilde. La belleza tras el paso del tiempo y el deterioro”. Otra acepción aproximada puede ser “la belleza de la imperfección”.

Andrew Juniper, autor de la obra The Japanese Art Of The Impermanence afirma que un objeto o expresión puede provocar en nosotros una sensación de serena melancolía y anhelo espiritual.

En Occidente, cuando el tiempo y el uso comienzan a dejar su huella en los objetos, estos de manera paralela van perdiendo su atractivo, su belleza. Las grietas, el desgaste, el moho y el decoloro de una puerta sometida a la acción natural de la intemperie son motivos de sobra para botarla e ir a la tienda tras una nueva.

En Japón, siguiendo esta corriente estética, los cambios en el transcurrir del tiempo representan una forma distinta de belleza, de admiración, de comprender que las cosas y nosotros mismos somos impermanentes, imperfectos e incompletos. Es entender la belleza desde lo natural. Si somos capaces de ver lo hermoso en un árbol torcido, en un matero lleno de moho, en un tronco sin vida caído sobre el cauce de un río, en la maleza, entonces, podemos entender qué es wabi-sabi.

Con este concepto aceptamos que la belleza acompaña el ciclo natural de las personas y los objetos de alcanzar la cima del crecimiento para luego ir a menos, cuando se pierden las propiedades que constituyen su fuerza, bondad, importancia o valor.

Este paradigma estético japonés, que alcanza incluso un nivel filosófico, busca en los objetos o ambientes la simplicidad, la impermanencia y la observación del paso del tiempo a través de la materia, la belleza que se oculta detrás de las imperfecciones. Un objeto con wabi-sabi lo puede caracterizar su sencillez, asimetría, aspereza, ingenuidad, modestia e intimidad.

La propuesta de este modelo oriental y antiguo podría contraponerse, en algunos casos, a todo aquello que es llamativo por su apariencia lujosa, pulida o aparatosa, de lo producido en serie, de todo aquello que busca la perfección. Cuando actuamos bajo esta línea de pensamiento, empezamos a darle un valor distinto a los objetos que nos rodean y a la naturaleza misma.



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