Y la familia llegó a las primeras navidades

Seguimos recorriendo la Historia del Sexo a lo largo de los siglos. Desde hace unas semanas nos propusimos conocer cómo se articuló social e históricamente una de las principales instituciones de regulación sexual, el matrimonio. Hemos conocido un gran casamiento griego, también vimos a los romanos y sus alternativas de placer al lecho conyugal.

Vimos cómo era la vida en el mundo antiguo y politeísta de griegos, romanos y egipcios. Ahora daremos un salto muy importante en la historia del mundo, de las instituciones, de la religión y, como no podía ser de otra manera, del sexo. Llegamos al tiempo que comienza después del nacimiento de Cristo y eso es un cambio significativo en cuanto a las creencias. Nos olvidamos de la gran multiplicidad de divinidades, de los hombres y las deidades corriendo por las praderas, copulando y generando semidioses y nos instalamos en los inicios del cristianismo. El principio de la gran religión monoteísta occidental. Una nueva alianza que retoma las antiguas escrituras judías y reformula el pacto de Dios con los hombres a través de la llegada al mundo de su Hijo. Ante semejante estado de situación en el Cielo cómo no iba a cambiar también la forma de relacionarse y establecer lazos familiares en la Tierra.

Pero para entender los cambios que trajo el nacimiento y muerte de Jesucristo vamos a ver primero cómo era la vida de una familia hebrea algunos años antes de que el cristianismo comenzara a convertirse en una religión poderosa.

Entre los antiguos hebreos y en otros pueblos del Medio Oriente, un hombre podía tener numerosas mujeres y concubinas sin que la ley se lo prohibiera. Monógamos eran los pobres incapaces de sostener esa estructura familiar. Por lo tanto, la cantidad de esposas era una cuestión económica y no de principios. Las enseñanzas de los rabinos indicaban que era una obligación de los hombres casarse y traer hijos al mundo. Un matrimonio judío se celebraba con un rito y obligaba a ambos cónyuges moral y legalmente a cumplir sexualmente. El propósito de una relación sexual era la de engendrar descendencia. Sin embargo, estas relaciones maritales producían impurezas rituales y tanto hombres como mujeres debían someterse a abluciones ceremoniales para purificarse.

Las mismas leyes que regían para las esposas, regulaba a las concubinas. Los hebreos trataban de manera similar a una esposa que a una concubina. Por supuesto, existía un orden que respetar a la hora de mantener relaciones. Primero estaba la esposa legítima, luego la concubina, las libertas, las sirvientas y las esclavas. Todas en ese orden.

La verdadera diferencia entre una esposa y una concubina radicaba en el origen social y en todas las formalidades que se seguían en cuanto a noviazgo, dote, ceremonia, velo. Una concubina, generalmente era pobre y no gozaba de nada de eso. Sin embargo, todas las concubinas gozaban de derechos legales. Recibían manutención de sus amantes y hasta compartían los bienes. En el siglo II después de Cristo, las concubinas comienzan a desaparecer de todos los escritos jurídicos y se supone que además de su figura legal fue perdiéndose el hábito de tenerlas.

Lo que se mantuvo inmutable fue el sexo no marital. Nadie prohibía que dos personas por mutuo acuerdo decidieran tener sexo fuera del matrimonio. Nadie parecía ver una amenaza al casamiento en este hábito sexual.

El adulterio femenino, en cambio, era gravemente castigado. Una mujer infiel suponía una gran amenaza contra toda la comunidad. Merecía la muerte o la lapidación para la adúltera y su cómplice. Pero cuando el que engañaba a su mujer era un hombre no había castigos penales pero se evaluaban los daños causados a la mujer legítima y su familia y se buscaba un resarcimiento.

Un hijo nacido de una de estas relaciones ilícitas era llamado “bastardo” y el derecho hebreo tradicional lo penalizaba con severidad. En un principio, los bastardos eran los hijos de extranjeros, con el tiempo, ese mismo término llamó a los hijos extramatrimoniales y a todos los niños nacidos fuera de la unión lícita.

A diferencia de los romanos, los hebreos prohibían y castigaban la prostitución de mujeres judías. Sólo se toleraba de poca gana a las prostitutas extranjeras y, en casos extremos, llamaban así a cualquier mujer que no mantuviera relaciones dentro del matrimonio. Si una ramera se “reformaba”, abandonaba sus sucios hábitos y quería casarse con un hombre “honesto” debía esperar un tiempo prudencial que dictaminaba la ley juzgando si había tenido relaciones con gentiles, esclavos, hombres de su grupo familiar u hombres casados. 

Así era la vida de un matrimonio hebreo cuando llegaron las primeras navidades. El cristianismo comienza una nueva era y mucho de lo que vimos hasta ahora, se reformula. Es muy interesante observar qué dicen los Evangelios respecto al matrimonio y cómo, a partir de estas nuevas escrituras, se logra un cambio sustancial en los hábitos sexuales. Pero para eso, deberemos esperar hasta la semana que viene cuando volvamos a encontrarnos en una nueva entrega de la Historia del Sexo. 

 



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