«Ya no soy el de antes»: cómo aceptar los cambios y el paso del tiempo

"Ya no soy el de antes": cómo aceptar los cambios y el paso del tiempo

Salimos a probar el auto con Julito, mi mecánico, porque hace un “ruidito” raro en la parte trasera izquierda, cerca de la rueda. Como siempre, él aprovecha para hacerme algunas consultas “gratis” y que en mi condición de psicólogo intento responder con la mayor pedagogía urbana.

Hemos tocado temas de salud, de aprendizaje y ahora me lleva a uno deportivo (pero que tiene una implicancia que ni se imagina), el del miedo a caerse de su bicicleta cuando compite, lo que no le ocurría cuando era más joven. Julio ha competido durante muchos de sus 60 años en carreras por todo el país y normalmente entre las 12 y las 14 horas su taller está cerrado porque anda despuntando el vicio por el parque Sarmiento.

“En aquella época -me cuenta- corría a fondo con el pelotón y no tenía problema en arrojarme sin temor hacia adelante, ni siquiera pensaba en caerme”. Ahora relata que siente haber perdido algo de esa temeridad. Se le nota en el gesto que lo confunde un poco eso, es como perder cierta esencia de la competición. Y no se equivoca: párrafo aparte, la impulsividad es una cualidad necesaria en competiciones de ese tipo; nuestro equipo de Alto Rendimiento Deportivo en Ineco encontró, evaluando a competidores de una escudería automovilística, que los conductores tenían un nivel de impulsividad bastante más arriba que la media. El ciclismo es menos peligroso quizás, pero conlleva sus riesgos.

La vida que me alcanza

O los años que se ciernen sobre nosotros, podríamos decir. La psicología del desarrollo y la de la senectud pueden explicar lo que le ocurre a Julio a partir de la disminución energética de la edad, el inicio de un período de mayor tranquilidad y quietud en la vida (a diferencia de la juventud donde se potencia nuestra vitalidad en la cantidad de actividades y en la pasión que les brindamos) y quizás la visión de una vejez que poco a poco se va instalando en forma de dolores físicos, arrugas y más chequeos médicos.

En mindfulness seríamos un poco más crudos: diríamos que es la proximidad de nuestro fin (nuestra muerte, hasta me cuesta escribirlo), la mayor conciencia de lo efímero de nuestro paso por este universo, el que en forma de ráfagas nos dice: “cuídate un poco más, estate atento”.

De hecho, la práctica de la impermanencia (Anicca en el idioma del Buda, el pali) es fundamental para poder desarrollar un sentido de humildad, de comprensión profunda de la trama de la vida, de integración al universo. ¿Cómo lo practicamos? Pues observando cómo la realidad va cambiando momento a momento, inexorablemente, sin detenerse, aún cuando a veces no seamos conscientes de ello. Observamos cómo los sonidos se modifican (aún aquellos que parecen ser monótonos y repetitivos), cómo las sensaciones físicas son fluctuantes, cómo lo que olemos, miramos o saboreamos se transforma…¡nada permanece igual!

En el camino descubrimos que a veces nuestros sentidos no alcanzan a captar la impermanencia de las cosas: la luz que nos alumbra ahora, ¿es la misma? ¿es una sola luz, o más bien energía que entra constantemente en los filamentos de la lamparita y nos da la sensación de ser ”sólo una luz”?. Esta montaña que tengo enfrente: ¿no sufre acaso profundos cambios geológicos que yo sólo podría reconocer con el paso de muchos años?

La física actual nos enseña esto: la transformación es la norma, la impermanencia la ley natural que nos rige. Así ocurre con nuestra mente: los fenómenos de ella también son cambiantes, variables. Practicando atención plena a estos fenómenos seremos capaces de sentir (¡no sólo imaginar!) el valor de nuestro tiempo en la tierra y la finitud de nuestras vidas. Y eso nos fortalecerá y nos protegerá de la desesperación que nos inunda cuando, inesperadamente, reconocemos la sombra que se cierne.

«La vejez se nos viene encima Julito y no nos queda mucho tiempo: somos mortales; quizás querés cuidarte para vivirla mejor y no enyesado de pies a cabeza», esgrimo como explicación.

Él me mira y se sonríe. Y sí, seguro ya lo sabía, pero le hacía falta que su cliente psicólogo se lo reafirmara. Así parece más cierto, tiene más status.



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